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sábado, 7 de junio de 2014

Teoría del Estado, por Horacio González*


Se precisa una nueva teoría del Estado. En vez de temer que el Estado, al ocuparse de reactivar los núcleos del pensamiento emancipador existente en toda sociedad, se proyecte inhibitoriamente sobre ellos, debe pensarse en la adquisición de dimensiones libertarias por parte del Estado. Un Estado libertario y justo. Ni un Estado empresario, ni un Estado ausente, ni un Estado omnipotente, ni un Estado sin políticas colectivas, ni un Estado regulador de la cultura, ni un Estado sin competencias sobre la producción social y las políticas efectivas de soberanía en la acción política y económica. En verdad, un Estado amasado en libertades objetivas y subjetivas es lo que merece la época, y desde luego la multivariada y heterogénea cultura social argentina. La reciente creación de una secretaría de Estado (*) vinculada con la promoción cultural, con el nombre de “coordinación estratégica”, despertó suspicacias (*) que adecuadamente, quien ocupará el cargo, Ricardo Forster, se ocupó de disipar con sólo recordar su currículum y su formación humanística fundada en el alto pensamiento crítico de raíz universalista.
Efectivamente no es afortunado el nombre, pero podrá ser fructífera la función, entendiéndola de una manera original, porque en su intención profunda es un llamado a la invención cultural. Proponemos entonces la noción de Estado libertario, máxima condensación intelectual de una época compleja, capaz de hacer aparecer la noción de autonomía crítica –la célebre autopoiesis de la que hablaron tantos filósofos libertarios del siglo XX– en el lugar más inesperado, en el seno de la función pública.
¿Es posible un Estado que promueva acciones que signifiquen un antagonismo con su propia condición de ser una expresión “constituida y atravesada por las luchas sociales”? Esta definición es parte de las teorías del Estado escrita por los estructuralistas post-althusserianos de la década del ’60. Sobre ellas se levanta la persistente lógica hegeliana del Estado como “realidad de la idea moral”, que en algunas de sus versiones avanzadas lleva a la tesis del Estado como forma última de la libertad (Eric Weil) y en otras lleva al entrecruce con el anarquismo que, como un soplo nada débil, cruza la obra de Lenin y desemboca en la tesis de la “extinción del Estado”. Para postular hoy un Estado capaz de pensar la emancipación de la sociedad que lo constituye, es preciso dotarlo de formas internas paradójicas, de sectores del Estado “libertarios”, que participan en la construcción colectiva de lo social con decisiones que también se autoinhiban.
¿Es extraño esto? No dejan de tomarse decisiones, pero no se deja pensar que ellas se resuelven, en cuanto a su brazo cultural, en una nueva forma de la libertad moderna. Si hay una estrategia en la vida cultural, debe ser tácita pues debe omitirse como tal cada vez que crea sus motivos más incisivos. Pero en los demás ámbitos del Estado debe haber un agenciamiento de fuerzas sociales que puedan resolverse en su presencia en empresas productivas apartadas tanto de la reproductibilidad meramente capitalista como de la globalización compulsiva. De ahí que una política económica emancipada es, en el fondo, una verdadera política cultural; y una política cultural puede iniciar una época (incluso en la economía social), poniéndose en actitud crítica o denegatoria de las mismas instituciones públicas que le dieron origen. Parece difícil, pero al fin esto es lo decisivo.
Aún resuenan las palabras de Benjamin Constant: “Entre los modernos, el individuo, independiente en la vida privada, aun en los Estados más libres, es sólo soberano en apariencia”. Todo Estado moderno no sólo tropieza con dificultades para erigirse en garante de la libertad sin caer en el liberalismo abstracto (donde impera la incultura del mercado) sino que su cometido más urgente es el de reconstruir la noción cultural de derechos individuales, sociales y colectivos. La creación de la reciente secretaría, a pesar de la poca fortuna de su nombre, debería cargar sobre sí la responsabilidad de hablar sobre las corrientes intelectuales del país, en su más amplia acepción (y organizar conversaciones libres, foros de crítica y polemismo avanzado). Pero, ¿no hablan esas corrientes por sí mismas? Desde luego, y seguirán hablando cada vez más con autonomía del Estado que, sin embargo, ahora también habla institucionalmente sobre ellas. ¿Cómo debe hacerlo, puesto que el Estado, como todo Estado, es un Estado pensante? Con intervenciones propicias, capaz de negarse oportunamente a sí mismas, sabiendo que poseen un poder que saben y deben, llegado el caso, retirar de sí.
Muchas veces se dan pasos importantes con nombres y definiciones desventajosas. El error en el nombre puede auspiciar –ya ha auspiciado en las declaraciones de Forster sobre su formación de intelectual vinculado con las culturas críticas– un conjunto de actos impensables si no se hubiera partido de un concepto discordante, que originó tremendas e injustas acusaciones. El pensamiento nacional descubre súbitamente que pertenece al orbe infinito de los grandes legados universales. Ese es el favorable resultado de tanto ensañamiento. El nombre descaminado puede ayudar a encontrar un camino.
* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

Tomado de aquí
(*) Los links en este artículo los agregamos nosotros para facilitarle al lector la cuestión tratada.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Frente a la dificultad




Por Horacio González
 
Hasta el momento, un sutil e implícito descentramiento vino jugando a favor del Gobierno. Ha tenido trato con el vacío y la plenitud, ha surgido de un vértigo y creó una institucionalidad movediza que puso sobre la arena política debates cruciales sobre la historia colectiva. Sale machucado de esta jornada, pero su compleja respiración sigue viva. No es anticapitalista, pero no todos los procapitalistas caben en él. Verdaderamente, el verdadero capitalismo globalizado no desea que prosiga. No es antirrepublicano, pues sus actos, que proyectan reformas institucionales o leyes avanzadas, se someten al debate parlamentario y al juego democrático general. No obstante, sus impulsos reformistas son pretextos variados para la crítica de un neorrepublicanismo que a veces siente estar frente a una dictadura. Tampoco el Gobierno es enteramente peronista: si buena parte del peronismo cabe en él, no todo el kirchnerismo cabe en el peronismo. ¿Y el peronismo? Visto desde su propia complacencia, está escindido para siempre, aunque conserva el mismo nombre. Hay en su interior el dilema de origen: o su memoria da paso a otros rumbos o se instala en su ocaso litúrgico.

El Gobierno no es contrario a las inversiones extranjeras, pero buena parte de su adversarios lo acusan de ahuyentarlas, lo que hace sospechar la paradoja de que cuando lo critican por verlo contrario a tales inversiones es por su tendencia nacionalizadora, que sin dejar de ser genuina, no se realiza en la época de Scalabrini Ortiz sino en la de los fondos buitre. El Gobierno gobierna en la dificultad, no en el auge. ¿No lo sabíamos?

No menosprecia cierto privilegio hacia el revisionismo histórico, pero reivindica a los principales héroes de la Ilustración argentina, no desdeña a Sarmiento ni a Lisandro de la Torre, e incluye un saludo explícito a la reforma universitaria de 1918. Mientras al peronismo más estricto le gusta recordar que la gratuidad de la enseñanza universitaria explícita viene de Perón, la Presidenta puede saludar este hecho de naturaleza democratizadora en lo económico, aunque acentúa la historia democratizadora esencial. ¿Cuál es? Que ese reformismo universitario progresista es el que ocurre en la conciencia institucional universitaria, en el corazón de los saberes humanísticos. Precisamente en aquel año en que Deodoro Roca, el último gran hombre de la gran Ilustración argentina, escribe el Manifiesto Liminar. Hay que saberlo.

Como nunca, dado el carácter repentino o su gusto por lo flagrante, los actos más diversos del kirchnerismo hicieron surgir a la luz las afecciones más profundas, las motivaciones primarias, las oscuras incitaciones del país, a veces encerradas en memorias lejanas de las encrucijadas nacionales. En el marco de una campaña adversa que, recurriendo a poderosos thrillers, género truculento que procura altos resultados emocionales, asoció al Gobierno a espantables corrupciones que taponaban toda discusión posible. Inclusive impedía la propia discusión más precisa sobre la corrupción. Puede comprobarse que a pesar de tales campañas, que hacen de la política un mundo espeluznante y patibulario, la elección realizada por el Gobierno fue su momento de mengua, pero de digna resistencia ante tales ataques.
Más que multipartidarias, esas arremetidas lanzaban sus flechas desde una condensación mediática inusitada. Se atacó al Gobierno bajo la hegemonía de la injuria fácil, arma conservadora por excelencia. Los resultados electorales dicen que el Gobierno resistió como pudo la tensión en sus ciudadelas. Si los resultados que obtuvo no son ni espectaculares ni lo desobligan de mayores compromisos explicativos, le trazan ahora un horizonte donde deben convivir con reorientaciones y reflexiones más exigentes. Exámenes internos, rigores analíticos mayores, son sin duda lo que el momento aconseja. ¿No lo sabíamos? Hay que saberlo.

Descartemos dos visiones extremas. Se equivocan quienes suponen que hay un “aparato estatal” que tiene efectos coercitivos sobre el voto –el viejo espectro del clientelismo–, como quienes también digan que los “aparatos comunicacionales” hayan llenado de comidilla servil a la oposición. Es obvio que eso existe, son elementos de cuya abstención no puede jactarse ninguna elección. Pero para comenzar a hablar, no vale ya decir lo obvio. El voto como entidad colectiva es lo que se sabe a sí mismo como señal de validez, es lo ya dado, no como operación espuria. Existió la voz gubernamental, y la otra voz. La frase “la patria es el Otro” adquiere ahora su verdadera dramaticidad. Lo sabíamos.

Pero es necesario decir también que hubo varias campañas. La de los partidos, coaliciones, ligámenes personales. Y la “otra campaña”, hecha por los karatekas de las sombras, alegres comediantes de individualismo posesivo, que sin duda tuvo grandes efectos. Se basaron y a la vez crearon un tipo de elector desideologizado, que convive con la inmediatez de tiempos quebradizos y en donde la mundialización de los gustos y formas de vida ejerce un mandato de condena, en términos de sumisión y pobreza, sobre millones de personas en todo el mundo. Vivimos bajo nuevas formas de vigilancia, consumo, simbolizaciones sumarias pero efectivas en la creación de estilos políticos bajo dominios tecnológicos que implícitamente definen la cantidad de hombres y mujeres que serán marginados o víctimas del hambre y la inanición. De nada de esto saben Massa o Macri, pero desde ya deben demostrar querer saber más de esto los que hayan dicho que escucharon flamear antiguas y nuevas banderas populares.

Es un lugar común admitir los errores sin decir cuáles son, pero en la raíz de la situación vemos un gobierno que cosecha un caudal mediano de votos –aun siendo la primera fuerza nacional y manteniendo quórum propio en las cámaras–, y que no merma ante los electores por sus deficiencias, sino por lo que largamente ha insinuado, su reformismo atrevido y no sus dimisiones. Porque hay un supremo error en todas las fuerzas políticas de nuestros países. La poca atención que se presta a las nuevas configuraciones de dominio, el mando mundial, que tiene las más oscuras zonas de disputa, que afectan los viejos legados democráticos, que adoptan la imposibilidad de detener guerras latentes, provocándolas. Larvadas o intermitentes, lanzando operaciones bélicas de todo tipo. Mantener las instituciones democráticas es vital; tan vital que solo se lo hace yendo a la cepa última de esta situación, esta estructura de escasez que propone el mundo capitalista real para las clases populares, y no tanto una fenomenología social válida –seguridad, inflación, corrupción–, temas que cuando las izquierdas populares no toman adecuadamente, están más fácilmente disponibles para que los nuevos conservadores se apropien de ellos, porque ellos no son ni quieren ser sino eso.

Todas las nociones colectivas, lo social como signo emancipador, están en riesgo. Países donde se ha avanzado en esos conceptos –finalmente culturales– sin abandonar desarrollos productivos que no afecten el destino de la humanidad, lo humano mismo, son precisamente los países cercados por nuevas alianzas estratégicas –como la del Pacífico– y decisiones de agencias secretas que repentinamente ven un objetivo militar en el avión de Evo Morales. Son coacciones que fuerzan a la clase política mundial, inclusive a la que en el pasado mostró aspectos que podrían llamarse progresistas, o tercermundistas, o de liberación social, a convertirse en el programa del liberalismo obligatorio, que ya nada tiene que ver con herencias venerables del siglo XVIII. Ahora es un liberalismo que puede no aludir a invasiones, bombardeos, confiscación de embarcaciones, administraciones de la usura mundial que tiene a su servicio cortes supremas, aviones militares no tripulados, pero aparece como su complemento. Apéndice que en su mejor nivel es medroso y en su peor nivel es oportunista y pusilánime. Ese neoliberalismo se apresta a volver, alimentado por afluentes sombríos, que algunos conocen bien, otros no aciertan a detectar, aunque pronuncien muchas veces palabras superficialmente adecuadas. Lo sabíamos. Es tiempo de auscultar lo que somos, interpretar con agudeza los nuevos horizontes de justicia y rehacernos en el acoso.

Tomado de aquí.


lunes, 1 de abril de 2013

OPINION: ¿Qué me perdí?




Por Eduardo Aliverti
 
Hace un par de domingos, Horacio Verbitsky escribió aquí que “de tanto en tanto, la sociedad argentina es atacada por raptos de euforia en los que un tema central reclama la unanimidad de las voluntades y la exclusión de los disidentes, como si su mera existencia ofendiera la exaltada sensibilidad colectiva. Ese poder hipnótico parece capaz de abolir diferencias, historias personales e intereses sociales. El que no salta es un inglés o un holandés, o un cuerpo extraño a la Nación y enemigo del pueblo”.

Es imposible no darle la razón. Sí supongo que cabe dudar en torno de que esos embelesos pasajeros sean acaso una característica privativa de nuestro pueblo (que no es lo que Horacio dice, aclaremos, sino el desafío de ampliar su concepto). Por causas que pueden ser circunstancias de baja autoestima social, sentimientos patrioteros que permanecen guardados hasta que salta un chip y salen en masa a la superficie, hábiles manipulaciones mediáticas, líderes con muy buen sentido de la oportunidad, temas extremadamente sensibles a la piel de la comunidad, y tanto o poco más, los procesos históricos revelan que ¿casi? ninguna sociedad está a salvo de hechizos enceguecedores. Algunos desembocaron en tragedias civilizatorias que nunca está de más recordar; otros terminan en sensaciones de vergüenza ajena apenas la niebla se disipa; otros confirman que el hombre es el único animal capaz de chocar varias veces contra la misma piedra; otros demuestran que se aprende, cómo no. Lo que sí unifica a esas obnubilaciones masivas es que, aunque las sociedades se recuperen de ellas más tarde o más temprano, en el mientras tanto producen laceraciones intensas, injustas, muy injustas, en quienes predican en el desierto.

Sentirse un paria, un bajoneador del entusiasmo popular. Un fuera de juego, aunque vaya si es mérito no ser parte de un objeto retorcidamente lúdico. Como Verbitsky citó en su nota, los casos del Mundial de Fútbol del ’78 y de la guerra de Malvinas son categóricos. Los argentinos somos derechos y humanos; los desaparecidos andan de paseo por Europa; la pelota y la política no tienen nada que ver; el enemigo carece de espíritu patriótico; que traigan al principito; estamos ganando. En algunos aspectos, quizá se pueda trazar un sinónimo entre esos... arrebatos, digamos, y la papamanía que, dicen, atraviesa a todas las clases sociales. Tengo mis interrogantes acerca de que sea totalmente así, porque presumo que hay mucho, muchísimo, de prédica periodística, que usufructúa bajar línea de reconciliación nacional como eufemismo de una Cristina que debe aprender del Santo Padre y dejar de contender a sus implacables adversarios. La virtual cadena nacional en que entraron todos los medios, para desplegar una emoción de pueblo entera y completamente conmovido, tuvo picos que no debieron resistir al sentido común. Hablaron, sin ir más lejos, de una vigilia y permanencia de decenas de miles de personas frente a la Catedral metropolitana, el día de la asunción de Bergoglio. Mientras decían eso, las cámaras mostraban una Plaza de Mayo en la que se podía circular con enorme comodidad. Al margen de detalles como éstos (¿sí? ¿Al margen?), es cierto: se respira que “la gente” está contenta, o expectante, o algo así, con el Papa “nuestro”. Que siente que nos proyecta al mundo de otra manera. Que si el hombre juega unas fichas agregadas a sus costumbres de humildad, en orden a frenar los escándalos sexuales y financieros del Vaticano, o a no salir a crucificar homosexuales en público, será un argentino quien lo haya hecho. En función del objetivo de esta columna, dejaremos de lado cuál sería la importancia profunda de tal estimación. Mejor reflexionemos sobre antecedentes, probanzas, cotejos.

Verbitsky –que para el caso podría ser Juan Pérez, aunque me temo que no es fortuita su condición de judío a la hora de masacrarlo– lleva años (entiéndase bien: años) en la investigación y publicación del trayecto de la Iglesia católica argentina. En 2005 se editó El silencio (De Paulo VI a Bergoglio. Las relaciones secretas de la Iglesia con la ESMA). Y desde entonces no se detuvo, a través de los libros que persistieron en la temática, de innumerables artículos periodísticos, de toda vez que se lo requirió. Nadie salió a cruzarlo para desmentir su testimonio, su documentación, la prolijidad interpretativa de su trabajo. Nadie. Y, sobre todo, nadie entre quienes ahora se agolpan para decir que debería arrepentirse o rectificarse, que lo guía un rencor subjetivo, que fue y es un inmoderado sobre el silencio o la complicidad activa de Bergoglio durante la dictadura. Así que vuélvase a aquello del sentido común, supongamos que por fuera de toda consideración ideológica. ¿Cuál sensatez debe adjudicarse a que los aceptadores de las denuncias de Verbitsky –los progres y los reaccionarios, gracias a que ninguno de ellos dijo nunca nada, de nada, en contra de ellas– se hayan transformado en sus inquisidores por obra y gracia de que Bergoglio es papa y de que en consecuencia el que no salta es un inglés o un holandés? Y a continuación, quitemos de ese espectro a fascistoides, frívolos, eternos viajadores en la dirección del viento o de los intereses de sus patronales. Hablemos por un momento entre nosotros, los del palo de como quiera llamarse. Ustedes me entienden. Ustedes, nosotros, ¿desde cuándo necesitamos la confirmación puntualísima del papel particular de Bergoglio en el genocidio, para decidir dónde pararnos? ¿Qué me perdí? ¿Cuándo, y por qué, era que alcanzaba y sobraba con que ni Bergoglio, ni las sucesivas conferencias episcopales ni sus sucesivos jefes, hubieran dicho una palabra, ni hubieran expresado un gesto, sobre los desaparecidos, las torturas, los robos de bebés, los vuelos de la muerte, la alianza intrínseca entre ese demonio y el gran capital? ¿Y ahora resulta que también se trata de destruir a Estela, a las Abuelas, por haber dicho eso mismo? ¿Cuándo pasó que Estela era el símbolo universal de la lucha tan inquebrantable como inteligente por los derechos humanos, la imagen de la bondad infinita en aras de la justicia implacable, para convertirse en una fragotera que no entiende que todo cambió porque el Papa es argentino? ¿Y cuándo pasó que a otro Horacio, González, quieran sacarlo de circulación porque jodió, y cómo, su señalamiento de que una superchería no debe permitir el retroceso de la ciencia política; de todo lo que se sostuvo para bancar y movilizar el “nunca menos”, que incluyó enfrentarse a los jerarcas de la Iglesia? Insisto, ahora estoy hablando de ustedes y nosotros, los del palo, porque hay muchos –o pocos pero significativos, no sé– que parecen estar asustados. En el Gobierno, entre la militancia; en los círculos y circuitos donde toda la vida, sobre el rol que juega la Iglesia, nadie expresó duda alguna. Por supuesto: más allá de rescatar los ejemplos heroicos de los pastores asesinados; la labor de los verdaderos curas de base con hondo sentido ideológico, y no como militantes de un conservadurismo asistencialista que empieza y termina en acompañar a la pobreza sin intenciones de modificación estructural alguna; la valentía de quienes critican desde adentro a la institución eclesiástica.

No quiero ni debo desdecirme sobre lo ya expresado en este mismo espacio, en cuanto a que, transcurridos estos momentos de destello, se volverá a un rango de normalidad. Pasada la conmoción inicial, la publicación de suplementos especiales, el hurgar y detenerse ante cada palabra y gestualidad de Francisco para encontrárselo hasta en la sopa; pasadas estas Pascuas, habrá los episodios sobresalientes cada tanto. Como la visita pontificia, a mediados de año, a ese Brasil en donde la fuga de fieles católicos parece indetenible. Y en diciembre aquí. Y aquello que no está previsto y que debe verse andar, como alguna reformulación doctrinaria promotora de que en ciertos rasgos la Iglesia católica se mude del Medioevo al siglo XXI. Contemplado todo ello, se verá que la influencia de un papa argentino en la política argentina no cuenta con la proyección desmesurada que le atribuyen. Si algún huracán desencajara los términos de fuerzas y contrafuerzas que operan en la vida nacional, lo será por méritos y deficiencias de esos poderíos; no porque el Papa venga a meterse entre nosotros con capacidad de poner la mesa patas para arriba. Más aún, es la propia derecha, a través de todos sus estamentos, quien recuerda que Bergoglio ya no es Bergoglio sino Francisco, lo cual conlleva que más vale se dedique a tratar de resolver la barahúnda que tiene en su casa. Que no es la nuestra.

Sin perjuicio de eso, estos días vienen revelando que deben dar explicaciones gentes sustancialmente intachables, nutridas por el servicio a las causas populares. Gentes del coraje cívico, como apuntó en este diario Mempo Giardinelli. De la coherencia intelectual y vivencial. Del pensamiento crítico que siempre aportó para el mismo lado. Gente que nunca se dio vuelta. ¿Es esa gente la que debe dar explicaciones? ¿La que merece ser puesta bajo la lupa, mientras hablan de la ejemplar austeridad del Papa los tipos que se chorearon este país?

Otra vez: ¿qué me perdí?

Tomado de aquí.


 

domingo, 31 de marzo de 2013

Comunicadores de Argentina - Solicitada González-Verbitsky - Contra el linchamiento corporativo de periodistas e intelectuales



Comunicadores de la Argentina (COMUNA) defiende el derecho de todos los periodistas e intelectuales a elegir los temas que son objeto de sus investigaciones y ensayos y a criticar aquello con lo que no acuerdan.
Los trabajadores de la comunicación no deben ser agredidos ni menoscabada su libertad de crítica e investigación, lo que no quiere decir que no sea legítimo el debate sobre cómo lo hacen.
 
A partir de este principio, COMUNA repudia los ataques verbales y simbólicos contra el Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, por sus análisis y opiniones, y contra el periodista, maestro de periodistas, Horacio Verbitsky, por retomar el contenido de las investigaciones periodísticas que tienen por objeto a la cúpula de la Iglesia Católica argentina.

Esas investigaciones no pueden ser tildadas de oportunistas ya que se remontan a décadas. Por caso, su nota de siete páginas sobre “La teología de la seguridad nacional” en la revista Crisis, N° 47, de octubre de 1986; o su primicia de tres páginas sobre la isla El Silencio, publicada hacia septiembre de 1990 en el segundo ejemplar de Página/30, dirigida por Jorge Lanata, hoy al servicio de los intereses del Grupo Clarín en todos sus formatos multimediáticos.

El repudio a los ataques de estos días es doble por cuanto son usados como arietes comunicacionales que se prestan a difundir infamias y mentiras, sin aportar pruebas ni documentación, base de nuestro trabajo si se entiende a la información como ineludible “remisión a fuentes”.


Nuestra solidaridad con González y Verbitsky nace en el respeto a una trayectoria de más de medio siglo, siempre basadas respectivamente en un inmenso desarrollo académico y en investigaciones que cuentan con documentación insoslayable.


La defensa de la comunicación democrática no implica coincidencia con las opiniones de cada colega y cada medio, pero sí es fundamental para la profesión que su ejercicio pueda ser llevado a cabo con respeto por la libertad de expresión que los grandes grupos mediáticos también declaman.


Por lo mismo, es repudiable el pronunciamiento de cualquier institución, sector o grupo corporativo que intenta desacreditar investigaciones periodísticas documentadas, descalificándolas como parte de supuestas campañas.

24 de marzo de 2013 - Comunicadores de la Argentina (COMUNA)
 

domingo, 17 de marzo de 2013

JP Feinmann y Horacio González: diálogos con la muerte







Por Juan Ciucci l 

Dos amigos se reúnen a recordar su pasado, que es decir el de la Argentina de los últimos 60 años. Pero también el del pasado político e intelectual que formó esas vidas, y que aun necesitamos pensar para analizar nuestro presente. Encuentros que ambos reconocen han servido para profundizar esa amistad, y en los que han salido a la luz, también, sus propios desencuentros.
José Pablo Feinmann y Horacio González se permiten divagar en reflexiones que pueden llevarlos del barrio y la primer infancia, hasta el poder y la muerte. Sin dudas el gran articulador será el peronismo, ese sustrato vital que guió sus obras y los forjó en la militancia. Lectores profundos de Perón, partícipes de la juventud maravillosa, críticos del peronismo neoliberal, actuales interpelados kirchneristas; sus reflexiones del gran movimiento histórico se tornan fundamentales y cobran, merced a las lógicas del diálogo, la vitalidad del contrapunto que les permite ahondar en viejas tesis sin temor a refutarlas. Sus interrogantes respecto al peronismo nos posibilitan ampliar el marco de discusiones que hoy llevamos adelante, les permite salirse de sus reiteraciones y balbucear nuevas líneas de análisis.

Pero es también una presencia fundante de este encentro la muerte: la de los amigos, la de un país diezmado por el Terrorismo de Estado, la propia. Ausencias que retornan al rememorar los años de la militancia, de la juventud que recupera el brillo inusitado del recuerdo. ¿Acaso su generación podrá recordar algo sin sentir de cerca la muerte? ¿Lo puede alguna?

Aun son sus voces las de los sobrevivientes, los exiliados, los derrotados. Y ya mayores, rememoran además los muertos recientes: los Viñas, los Rozitchner, los Fogwill, los Casullo. Se saben una especie en extinción, un modelo de intelectual que nos va dejando en una sociedad en la cual cuesta encontrar a aquellos que vendrían a retomar su legado. O tan siquiera a exhumarlo para vivificar uno nuevo.

Esa presencia de la muerte torna sombríos los pasajes de análisis del presente, demasiado atado a viejas concepciones políticas de la violencia y la derrota. El temor se hace presente, en esta actualidad de pujas y de falencias. ¿Cuánto arriesgar en la lucha por una Patria justa, libre y soberana? Las reflexiones en torno a nuestras condiciones objetivas tienen tintes de desesperanza, de fuerzas inmensas que no permitirán mayores avances que los ya realizados. Aquí es cuando el dialogo de Feinmann y González se vuelve conocido, remanido. Su cercanía ideológica les impide que el espíritu del debate se apodere de la charla, que los necesarios contrapuntos los obliguen a indagar más allá de las posibilidades del presente. Un cierto aire de conformismo sobrevuela las lecturas del combate que significan estos años kirchneristas, que desentona con sus lecturas del pasado y su accionar militante. Esas muertes condicionan las luchas futuras, claro está, pero no debemos permitir que las inmovilicen.

Estos encuentros que se han convertido en libro, nos sirven para adentrarnos en la vida y el pensamiento de dos de los intelectuales más prolíficos e importantes de los últimos 30 años en Argentina. Con una profundidad que sólo el libro nos permite, alejado de las rutinas televisivas y la necesidad del impacto mediático. En tiempos en que algunos gritan eufóricos ante la necesidad de diálogo, es un camino posible. Nos lleva a desear otros cruces, de otros nombres no tan cercanos, para entablar los debates que nos resultan hoy imprescindibles.

Tomado de aquí.


 


lunes, 4 de marzo de 2013

Argentina para armar - ¿Hacia dónde va el gobierno? - Horacio González y Alejandro Katz

1) No estoy de acuerdo con las conclusiones a las que arriba el programa (cuestión que aparece al final a modo de citas de cada uno de los participantes de él)

2) Horacio González y Alejandro Katz hablan sobre "la capacidad de escucha", el diálogo -abierto o no- entre el gobierno y distintas expresiones sociales. Discuten sobre la inflación, el modelo extractivista, el transporte público, políticas públicas -AUH- etc.

3) Humildemente opino que María Laura Santillán exige un diálogo, una situación conversacional que jamás habilita. Cuando ella emite una opinión y genera preguntas, estas últimas aparecen de manera retórica la mayoría de las veces. Su pensamiento está anclado en una clara oposición al gobierno y todo su desarrollo gira en torno a la crítica, no así al "diálogo abierto" que supone la posibilidad de modificación de puntos de vista. 

4) He encontrado 3 de las 4 partes que tiene este programa. Posiblemente el "canal" del cual tomé estos audiovisuales esté por subir la cuarta parte en cualquier momento. Igualmente, lo nodal se encuentra en estas primeras particiones.


jueves, 3 de noviembre de 2011

678, Horacio González y Beatriz Sarlo en una noche de viernes



El viernes pasado, 28 del 10, 21hs., estaba viendo 678 como es costumbre. Los invitados eran: Horacio González, sociólogo, director de la Biblioteca Nacional, miembro de Carta Abierta; y Teresa Parodi, cantante, co-conductora junto a Hebe de Bonafini del programa “La Clementina” (CN23) y directora del ECuNHI (Espacio Cultural Nuestros Hijos). A todas luces, ¡un programón!


Uno de los informes que presentaron fue “Las diferentes reacciones tras el 54% de Cristina”. Después de hacer una recorrida por periodistas y divas, el informe estableció un contrapunto interesante entre una nota que Beatriz Sarlo había publicado en La Nación y la respuesta que Norberto Galasso le dio en Diario Registrado. A la “Victoriosa autoinvención” de la literata se le antepuso la publicación titulada “¿Qué te pasa Beatriz?” del historiador. 


Beatriz Sarlo desplegaba, con abundante adjetivación, la inagotable propuesta de “la impostura kirchnerista”. Algunas veces, el grueso pelaje que construyen los académicos con su arsenal de palabras técnicas y construcción de objetos, hace que sus ideas linden con el cinismo y el desprecio. Tal el caso de Beatriz Sarlo que, el mismo 28 del 10, publicó “Tributo en la tierra santa del kirchnerismo” donde, en una parte de su descripción, dijo: “En otra punta, los jujeños de Milagro Sala, que, en efecto, vienen desde la otra punta de la república (¿en avión, en ómnibus?).” 


Sin embargo, como si esto fuera poco, el mismísimo 28 del 10 le dio una nueva oportunidad a esta intelectual opositora de desplegar su arsenal. LaNaciónTV presenta la entrevista: “Sarlo: ‘la muerte de Kirchner le vino bien al gobierno’”. La rimbombante frase es justificada planteando que otras muertes de políticos afectaron negativamente a los gobiernos de los cuales formaban parte, pero la muerte de Kirchner no. También se dice allí que: “Este gobierno es anti-institucional y anti-republicano (de las instituciones republicanas), pero no ejerce pura dominación vertical sobre toda la ciudadanía, sino que convence, atrae, de alguna manera fascina”. Aquí y allí –es casi imposible que entre el diario, la radio y la TV Sarlo no se repita- aparece la consabida “hegemonía cultural kirchnerista” que le permite al gobierno evitar la verticalidad y cooptar desde otros lugares transversales. En el informe de 678 Beatriz sentencia: “yo no recuerdo que un gobierno haya tenido el apoyo de tantos artistas”, a lo que Dario Grandinetti –en entrevista con Víctor Hugo Morales- responde: “Yo no recibo ningún llamado del gobierno. Es curioso que la oposición sea oposición por convicción, y los que no somos oposición lo seamos o porque nos cooptan de alguna manera, o porque nos bajan línea, o porque tenemos algún kiosquito a la vuelta.”


Lo interesante fue que, con la capacidad discursiva que lo caracteriza, Horacio González planteo que era necesario elevar el discurso para confrontar con los argumentos de Sarlo y asumir un tipo de lenguaje que tuviera que ver con lo que plantea la intelectual opositora. Las intervenciones de Orlando Barone y Sandra Russo no convencieron a González que insistió en que era necesario demostrar que el gobierno kirchnerista no forma parte de una impostura, una escenificación o un juego de maquillajes. La amplitud del llamado de González -sin dar nombres- a actores y gente de la cultura para mejorar la discusión desbaratando la denuncia de Sarlo generó una cierta tensión en el estudio de 678. Tal vez la cuestión pueda entenderse mejor si apelamos a algunos antecedentes.


En defensa de 678    


El programa 678 es un fenómeno televisivo sin precedentes. Desde hace 2 años y medio viene realizando una tarea pedagógica que incluye la explicación de cómo se arma una noticia, la forma en que los medios se vinculan entre sí para imponer una agenda pública y cómo el grupo monopólico Clarín inventa y miente para establecer su verdad como única verdad. 


La toma de posición, clara y frontal, es un hecho inédito también. Es sabido que, para influir en la conciencia con mayor eficacia, nada mejor que ocultar los intereses detrás de máscaras como la “objetividad”, el “periodismo independiente”, etc. 678 arriesga un punto de vista parcializado que, no sólo habilita la expresión “periodismo militante”, sino que demuestra –ahora sí- la impostura de aquellos que intentan tapar su propia militancia sectorial. La sinceridad en la adhesión de este programa al proyecto kirchnerista ha generado una molestia por demás saludable. “El rey está desnudo”, se llama Clarín, es un monopolio y atenta contra la libertad de expresión.


La contraofensiva no se hizo esperar. Aunque los ataques son de lo más variado, nos gustaría resaltar aquellos que quieren menospreciar el “nivel” de los integrantes de 678. Beatriz Sarlo, sin ir más lejos, luego de participar en uno de los programas, dijo que ninguno de los panelistas estaba a su “estatura intelectual” (también dijo –en otras palabras- que había que saber inglés fluido y seguir a la BBC para estar bien informado). Jorge Lanata plantea algo similar en relación a la trayectoria periodística (aunque su propia trayectoria periodística lo ha llevado a plantear que “Clarín es más débil que el gobierno”, cuestión que demuestra que la trayectoria no garantiza mucho que digamos). Por otro lado, Sylvina Walger anda metida en los boletines de calificaciones de nuestros periodistas militantes preferidos, saliendo aprobada sólo Nora Veiras y por muy poquito.  


La relación entre “Carta Abierta” y 678 es muy estrecha. Muchos intelectuales de aquel espacio suelen participar activamente del programa. Aunque los elogios y el reconocimiento es algo que, de vez en vez, sale a flote, es cierto que también ha habido algunos roces. Ricardo Forster, en medio de una asamblea caliente luego de la derrota de Filmus en las elecciones de la CABA, planteó como “estupidez estructural” a ciertas posiciones de los panelistas de 678 en relación a algunas críticas esgrimidas por el escritor Guillermo Martínez. 


Lo cierto es que, cuando Horacio González dijo lo que dijo, me late que algunas de estas críticas reflotaron en el ambiente de la tanqueta de la TV Pública. Aunque el llamado de este intelectual de “Carta Abierta” puede tener el impulso positivo que implica mejorar y profundizar un discurso o argumentación, es igualmente cierto que cada espacio genera su lenguaje distinto y una llegada a públicos diferenciados. En el mismo sentido, la exquisitez lingüística –como bien demuestra Sarlo- no siempre va acompañada de una correcta lectura política.  


En otro orden de cosas, hay que decir también que la culpa la tienen ustedes. Ustedes hacen que nosotros, los televidentes, nos sintamos parte de su propuesta. Por eso le exigimos lo imposible. Como cuando, después de la carta del mismísimo Horacio González a propósito de la Feria del Libro y Vargas Llosa, un invitado dijo que lo que tenía que discutirse era, en realidad, el tema de la “industria cultural” en la Argentina. ¡La industria cultural en una hora y media! Ustedes le abrieron las puertas a las redes sociales. Ustedes propician banderas, remeras, autoconvocados. Ustedes son el único programa de televisión que puede generar una columna de miles de personas en una movilización. Y -entre nosotros- del 54%, una buena porción se la ganaron ustedes.




 

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