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lunes, 13 de octubre de 2014

Las razones del triunfo


Por Atilio A. Boron *
La aplastante victoria de Evo Morales tiene una explicación muy sencilla: ganó porque su gobierno ha sido, sin duda alguna, el mejor de la convulsionada historia de Bolivia. “Mejor” quiere decir, por supuesto, que hizo realidad la gran promesa, tantas veces incumplida, de toda democracia: garantizar el bienestar material y espiritual de las grandes mayorías nacionales, de esa heterogénea masa plebeya oprimida, explotada y humillada por siglos. No se exagera un ápice si se dice que Evo es el parteaguas de la historia boliviana: hay una Bolivia antes de su gobierno y otra, distinta y mejor, a partir de su llegada al Palacio Quemado. Esta nueva Bolivia, cristalizada en el Estado Plurinacional, enterró definitivamente a la otra: colonial, racista, elitista, que nada ni nadie podrá resucitar.
Un error frecuente es atribuir esta verdadera proeza histórica a la buena fortuna económica que se habría derramado sobre Bolivia a partir de los “vientos de cola” de la economía mundial, ignorando que poco después del ascenso de Evo al gobierno aquélla entraría en un ciclo recesivo del cual todavía hoy no ha salido. Sin duda que su gobierno ha hecho un acertado manejo de la política económica, pero lo que a nuestro juicio es esencial para explicar su extraordinario liderazgo ha sido el hecho de que con Evo se desencadena una verdadera revolución política y social cuyo signo más sobresaliente es la instauración, por primera vez en la historia boliviana, de un gobierno de los movimientos sociales.
El MAS no es un partido en sentido estricto sino una gran coalición de organizaciones populares de diverso tipo que a lo largo de estos años se fue ampliando hasta incorporar a su hegemonía a sectores “clasemedieros” que en el pasado se habían opuesto fervorosamente al líder cocalero. Por eso no sorprende que en el proceso revolucionario boliviano (recordar que la revolución siempre es un proceso, jamás un acto) se hayan puesto de manifiesto numerosas contradicciones que Alvaro García Linera, el compañero de fórmula de Evo, las interpretara como las tensiones creativas propias de toda revolución. Ninguna está exenta de contradicciones, como todo lo que vive, pero lo que distingue la gestión de Evo fue el hecho de que las fue resolviendo correctamente, fortaleciendo el bloque popular y reafirmando su predominio en el ámbito del Estado. Un presidente que cuando se equivocó –por ejemplo durante el “gasolinazo” de diciembre del 2010– admitió su error y tras escuchar la voz de las organizaciones populares anuló el aumento de los combustibles decretado pocos días antes. Esa infrecuente sensibilidad para oír la voz del pueblo y responder en consecuencia es lo que explica que Evo haya conseguido lo que Lula y Dilma no lograron: transformar su mayoría electoral en hegemonía política, esto es, en capacidad para forjar un nuevo bloque histórico y construir alianzas cada vez más amplias pero siempre bajo la dirección del pueblo organizado en los movimientos sociales.
Obviamente que lo anterior no podría haberse sustentado tan sólo en la habilidad política de Evo o en la fascinación de un relato que exaltase la epopeya de los pueblos originarios. Sin un adecuado anclaje en la vida material todo aquello se habría desvanecido sin dejar rastros. Pero se combinó con muy significativos logros económicos que le aportaron las condiciones necesarias para construir la hegemonía política que ayer hizo posible su arrolladora victoria. El PIB pasó de 9525 millones de dólares en 2005 a 30.381 en 2013, y el PIB per cápita saltó de 1010 a 2757 dólares entre esos mismos años. La clave de este crecimiento –¡y de esta distribución!– sin precedentes en la historia boliviana se encuentra en la nacionalización de los hidrocarburos. Si en el pasado el reparto de la renta gasífera y petrolera dejaba en manos de las transnacionales el 82 por ciento de lo producido mientras que el Estado captaba apenas el 18 por ciento restante, con Evo esa relación se invirtió y ahora la parte del león queda en manos del fisco. No sorprende por lo tanto que un país que tenía déficit crónicos en las cuentas fiscales haya terminado el año 2013 con 14.430 millones de dólares en reservas internacionales (contra los 1714 millones de que disponía en 2005). Para calibrar el significado de esta cifra basta decir que las mismas equivalen al 47 por ciento del PIB, de lejos el porcentaje más alto de América latina. En línea con todo lo anterior, la extrema pobreza bajó del 39 por ciento en el 2005 al 18 por ciento en 2013, y existe la meta de erradicarla por completo para el año 2025.
Con el resultado de ayer Evo continuará en el Palacio Quemado hasta el 2020, momento en que su proyecto refundacional habrá pasado el punto de no retorno. Queda por confirmar si retiene la mayoría de los dos tercios en el Congreso, lo que haría posible aprobar una reforma constitucional que le abriría la posibilidad de una re-reelección indefinida. Ante esto no faltarán quienes pongan el grito en el cielo acusando al presidente boliviano de dictador o de pretender perpetuarse en el poder. Voces hipócritas y falsamente democráticas que jamás manifestaron esa preocupación por los 16 años de gestión de Helmut Kohl en Alemania, o los 14 del lobbista de las transnacionales españolas, Felipe González. Lo que en Europa es una virtud, prueba inapelable de previsibilidad o estabilidad política, en el caso de Bolivia se convierte en un vicio intolerable que desnuda la supuesta esencia despótica del proyecto del MAS. Nada nuevo: hay una moral para los europeos y otra para los indios. Así de simple.
* Director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

Tomado de aquí


lunes, 25 de noviembre de 2013

Bachelet y la necesaria refundación de la democracia - por Atilio Boron




Nadie debería sorprenderse por los principales resultados de las elecciones del domingo pasado en Chile: derrota oficialista, victoria amplia pero insuficiente de Michelle Bachelet y masivo abstencionismo electoral.
 
Numerosos estudios de opinión pública realizados a lo largo de los últimos años ponían en evidencia la apatía política reinante en una parte considerable de la ciudadanía.
 
Un politólogo chileno, Juan Carlos Gómez Leyton, viene sosteniendo desde hace un tiempo la tesis de que en Chile no sólo existe una economía neoliberal sino que ese cáncer ha hecho metástasis y el propio país se ha convertido en una sociedad neoliberal, signada, entre otras cosas, por el mayor índice de desigualdad económica de América Latina.
 
 Ahora bien: una sociedad de este tipo tiene como rasgos principales la despolitización, la apatía ciudadana y el desinterés por la cosa pública, El neoliberalismo primero avasalla y después desnaturaliza a la política reduciéndola a la mera gestión “técnica” de la economía. Consecuencia: la democracia degenera en tecnocracia. Y si de cuestiones técnicas se trata el vulgo tiene poco o nada que decir. Sólo los expertos deben hablar, y a la ciudadanía se le ordena que se ocupe de sus propios asuntos y que canalice sus ansias de participación, si es que las tiene, con frenéticos paseos de compras por los shoppings. Su obligación no es ejercer el autogobierno o la soberanía política porque tales cosas son fantasmas de un pasado que ya fue.
 
La única soberanía concreta, tangible, es la del consumidor y se realiza en el mercado y no en la esfera política. El ideal, inspirado en la polis ateniense, de ciudadanos activamente participantes en el proceso político es un melancólico anacronismo en una época del desarrollo capitalista en la que quienes votan, como mordazmente lo recuerda George Soros, son los mercados.
 
No sólo votan sino que, para colmo, lo hacen todos los días mientras que a los ciudadanos se los convoca cada dos años a un nada apasionante ritual en el cual la oferta política abrumadoramente mayoritaria, sobre todo en el caso chileno, es conservadora y las principales alianzas partidarias pugnan por hacerse dueñas del “centro” político, garantía infalible de que nada importante habrá de hacerse para cambiar en algo al sistema. 
 
Confirmando lo anterior, cuando en la encuesta de Latinobarómetro del año 2013 se le preguntó a los ciudadanos chilenos si la democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno un 63 contestó por la afirmativa, pero un 21 por ciento dijo que “daba lo mismo” y un 10 por ciento que prefería un gobierno autoritario. Es decir que un inquietante 31 por ciento era indiferente o antagónico ante la democracia, una cifra muy elevada pero que, aún así, demostraba una reducción en relación a niveles históricos que marcaban, inconfundiblemente, la persistencia del nefasto legado pinochetista.
 
Una mirada a largo plazo, por ejemplo focalizando el análisis en el período 1995-2013 demuestra que en Chile los valores promedio para todo ese período fueron los siguientes: apoyo a la democracia, 55 por ciento; al autoritarismo; 15 por ciento, e indiferencia, 26 por ciento.
 
El “país modelo” de una transición política exitosa hacia la democracia demostraba con estas cifras el equívoco del saber politicológico convencional que ensalzaba la experiencia política chilena como la más acabada concreción, en Nuestra América, del otrora tan valorado (y ahora tan devaluado) Pacto de la Moncloa que había permitido el advenimiento de la “democracia” en la España postfranquista.
 
Y rompiendo las previsiones de la cátedra y las campañas de calumnias de los medios hegemónicos los datos de Latinobarómetro confirman que el país con mayor apoyo ciudadano a la propuesta democrática es ...¡Venezuela! ¡Sí!, la Venezuela bolivariana, difamada, hostigada y vilipendiada como tierra de tiranos populistas y líderes demagógicos resultó ser aquella en la cual el ideal democrático es más valorado por su ciudadanía.
 
 No sólo eso: según esta encuesta los países cuyos ciudadanos más han aumentado el apoyo a la democracia son Venezuela (16 puntos) y Ecuador (13 puntos), por encima de Chile (8 puntos) y Argentina (5 puntos). (1) 
 
Conclusión: si los liderazgos fulminados como populistas (Chávez, Maduro, Correa y, por extensión, Evo) crean ciudadanía es porque son cualquier cosa menos populistas; populares y genuinamente democráticos seguro, pero no cultores de la engañifa populista [guardamos nuestras reservas ante este modo de utilizar la palabra "populista" - nota del bloguero]. La ciencia política convencional se revela como propaganda reaccionaria ante estos pocos ejemplos.
 
 Pero retornemos a las elecciones del pasado domingo. A la vista de los anteriores antecedentes no sorprende, decíamos, que la concurrencia electoral haya oscilado en torno al 50 por ciento del electorado, compuesto por poco menos de 14 millones de personas. Esta proporción de abstencionismo es la más alta en toda la historia de la democracia en Chile.
 
Se argumenta que dado que el sufragio es optativo no hay por qué alarmarse. Pero lo cierto es que el voto no sólo es un derecho; es también una obligación de todo ciudadano de una democracia y casi la mitad de las chilenas y los chilenos renunció a ejercer ese derecho y a asumir la correspondiente obligación.
 
 Bajo esta perspectiva la votación de Michelle Bachelet, 3.070.012 sufragios representa el 47 por ciento de quienes acudieron a votar pero un escaso 22 por ciento del total de la ciudadanía; peor aún es el caso de la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, cuyos 1.645.271 votos no representan sino el 12 por ciento de los electores inscriptos.
 
La conclusión que puede obtenerse de estos guarismos es que casi un cuarto de siglo después de la salida de Pinochet los legados combinados del autoritarismo militar y el neoliberalismo económico produjeron una sociedad en la que se descree de la acción colectiva, se concibe a la política como una pérdida de tiempo y se piensa que los problemas de cada quien deberán ser enfrentados y resueltos individualmente.
 
La política se convierte en un “ruido molesto” que perturba el supuestamente racional trabajo de los mercados. Otra conclusión: el gran fracaso del gobierno de Sebastián Piñera, que había sido saludado como el amanecer de una nueva era en donde la burguesía atendía sin molestas mediaciones la gestión de la cosa pública y se demostraba que el pinochetismo podía tener un rostro sonriente, amable y a la vez altamente eficiente. Esa ilusión se desmoronó la noche del domingo pasado.
 
La apatía política se alimenta en Chile de la carencia de verdaderas alternativas políticas. Revertir esta situación será una tarea muy difícil, casi prometeica, de la futura presidenta Bachelet, quien sólo por una catástrofe política de incalculables proporciones podría ser derrotada en la futura batalla electoral.
 
La reconstrucción de la comunidad política -en un país que supo tenerla y en grado sumo antes del golpe militar- requerirá la adopción de profundas reformas que desmonten el andamiaje económico, político e institucional establecido por la dictadura y mantenido a lo largo de nada menos que cuarenta años. Un aparato construido por el ideólogo y arquitecto del régimen pinochetista, Jaime Guzmán Errázuriz, y preservado en casi todos sus detalles por sus sucesores de la Concertación y, por supuesto, por el actual gobierno.
 
Para que Bachelet pueda dar vuelta la página de la historia será preciso que haga lo que hizo Hugo Chávez Frías el 2 de Febrero de 1999 cuando al tomar posesión de su cargo como presidente rompió con las fórmulas consagradas por la tradición y dijo que “Juro delante de Dios, juro delante de la Patria, juro delante de mi pueblo que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna adecuada a los nuevos tiempos. Lo juro.”
 
Es harto improbable que Bachelet produzca un juramento de ese tipo porque, como política, no está “hecha de la misma madera” que tenía el gran líder bolivariano. Pero es indiscutible que la reconstrucción de la democracia en Chile requerirá indefectiblemente de la elaboración y aprobación de una nueva constitución. No es un dato menor que las tres que rigieron los destinos de ese país fueron todas ellas producidas por gobiernos autoritarios y conservadores en 1833, 1925 y 1980, esta última bajo el régimen de Pinochet. Y en ninguno de estos casos, por supuesto, no hubo el menor atisbo de participación popular. Y si bien en los últimos años se le introdujeron algunos cambios muy marginales, el espíritu y la letra de la constitución pinochetista está aún vigente, y ambos son incompatibles con la democracia.
 
Si Bachelet aspira realmente a refundar la democracia chilena tendrá que convocar por primera vez en la historia a una asamblea constituyente elegida por el pueblo; otorgarle un plazo para que redacte un nuevo texto constitucional y someterlo -como se hizo en Venezuela, Bolivia y Ecuador- al veredicto popular mediante un referendo constitucional que otorgue legitimidad a la nueva carta magna. Eso sería un primer y necesario paso para después avanzar con la misma firmeza en la desmercantilización y la desprivatización de gran parte de lo mercantilizado y privatizado por cuatro décadas de neoliberalismo, comenzando por la educación y siguiendo por la salud y la seguridad social entre tantos otros bienes públicos convertidos en mercancías generadoras de jugosas ganancias para los capitalistas. Si nada de esto llegara a ocurrir, o sólo se intentaran tibios ensayos reformistas, Chile se deslizaría aún más rápidamente hacia una nueva y sutil forma de autoritarismo de mercado o, como lo asegura el filósofo político estadounidense Sheldon Wolin para su propio país, hacia una suerte de “totalitarismo invertido” caracterizado por la primacía aplastante de los mercados y el progresivo desvanecimiento de las figuras de la democracia y del ciudadano. Una democracia sin ciudadanos que reemplaza la vieja fórmula de Abraham Lincoln, “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” por su degradación mercantil: “gobierno de los mercados, por los mercados y para los mercados.”
 
Desgraciadamente, la complacencia de la anterior gestión de Bachelet con esta fórmula no autoriza a hacerse demasiadas ilusiones. No son muchos los casos en la historia en que un gobernante produce un giro tan pronunciado como el que hace falta para refundar la democracia en Chile. Una democracia que llegó a su punto más alto en los años de Salvador Allende, y que por eso mismo fue ferozmente combatida por el imperialismo y sus secuaces locales. De todos modos será preciso esperar un tiempo antes de emitir un juicio definitivo sobre la gestión de Bachelet. El realismo político no permite abrigar demasiadas esperanzas, pero ese mismo realismo aconseja no descartar la posibilidad –por poco probable que sea- de que el pueblo chileno recupere su memoria, sus sueños y sus utopías, las mismas que lo llevaron a votar por Salvador Allende, e irrumpa de manera arrolladora en la escena política para, como lo dijera el presidente-mártir, abrir “aquellas grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.” Sería una gran noticia, para Chile y para Nuestra América, si tal cosa llegara a suceder.   
 
- Dr. Atilio Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina. Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2013.

Nota
 
(1)   Cf. Corporacíón Latinobarómetro: Informe 2013 (Santiago: Ediciones de Corporación Latinobarómetro 2013), pg. 6.La Corporación realiza  una encuesta anual de actitudes y opiniones políticas en 18 países de la región. Huelga comentar que los autores del Informe apelan a todo tipo de ridículas argumentaciones para dar cuenta de tan aberrantes anomalías como las representadas por los casos de Venezuela y Ecuador. No podemos perder nuestro tiempo y el de nuestros lectores en examinar las conocidas críticas que las usinas del imperio dirigen en contra de esos países hermanos: no hay separación de poderes porque el oficialismo tiene mayoría en el Congreso, y no se respeta a la oposición porque ambos tanto Chávez como Maduro y Correa le han declarado la guerra a la prensa. Si Aznar, Berlusconi o George W. Bush tienen mayoría en el Congreso eso prueba la rotunda legitimidad de su mandato; si quienes gozan de esa situación son Chávez, Maduro o Correa eso demuestra que nos hallamos ante democracias con serios déficits o, simplemente, semi-democracias. El escandaloso doble standard del Informe  nos exime de la necesidad de entablar una discusión con sus autores. No son analistas políticos sino publicistas al servicio de la reacción, y sólo por excepción discutiría con ellos.
 
Tomado de aquí
 
 

viernes, 20 de septiembre de 2013

The Obama regime




Por Atilio Boron

Es una práctica profundamente arraigada que los gobiernos opuestos a la dominación norteamericana sean rutinariamente caracterizados como “regímenes” por los grandes medios de comunicación del imperio, los intelectuales colonizados de la periferia y aquellos que el gran dramaturgo español Alfonso Sastre ha magistralmente calificado como “intelectuales bienpensantes.” La palabra “régimen” adquirió en la ciencia política una connotación profundamente negativa, misma que no estaba presente en su formulación original. Hasta mediados del siglo veinte se hablaba del “régimen feudal”, de un “régimen monárquico”, o de un “régimen democrático” para aludir al conjunto de leyes, instituciones y tradiciones políticas y culturales que caracterizaban a un sistema político. Pero con la Guerra Fría y, después, con la contrarrevolución neoconservadora, el vocablo mudó completamente su significado. En su uso actual la palabra es empleada para estigmatizar a gobiernos o estados que no se arrodillan ante los dictados de Washington, a los cuáles por eso mismo se los descalifica como autoritarios y, en no pocos casos, como sangrientas tiranías.

No obstante, una mirada sobria en relación a este asunto comprobaría la existencia de estados inocultablemente despóticos que, sin embargo, los voceros de la derecha y el imperialismo jamás calificarían como “regímenes”. En la coyuntura actual proliferan los analistas o periodistas (inclusive algunos “progres”, un tanto distraídos) que parecerían no tener mayor inconveniente en aceptar el uso del lenguaje establecido por el imperio. El gobierno sirio es el “régimen de Basher Al Assad”; y la misma descalificación se utiliza a la hora de hablar de los países bolivarianos. En Venezuela lo que hay es un “régimen chavista”; en Ecuador es el “régimen de Correa” y Bolivia se encuentra sometida a los caprichos del “régimen de Evo Morales.” El hecho de que en estos tres países se hayan desarrollado instituciones y formas de protagonismo popular y funcionamiento democrático superiores a las existentes en los Estados Unidos y la gran mayoría de los países del capitalismo desarrollado es olímpicamente ignorado. No son amigos de los Estados Unidos y, por lo tanto, su sistema político es un “régimen.”

El doble rasero que se aplica en estos casos queda en evidencia cuando se observa que las infames monarquías petroleras del golfo, mucho más despóticas y brutales que el “régimen” sirio jamás son estigmatizadas con la palabrita en cuestión. Se habla, por ejemplo, del gobierno de Abdullah bin Abdul Aziz pero nunca del “régimen” saudita, a pesar de que en este país no existe parlamento sino una mera “Asamblea Consultiva” cuyos miembros son designados por el monarca entre sus parientes y amigos; los partidos políticos están explícitamente prohibidos y el gobierno es ejercido por una dinastía que se perpetúa en el poder desde hace décadas. Exactamente lo mismo ocurre con Qatar pese a lo cual ni por asomo el New York Times o los medios hegemónicos de América Latina y el Caribe se les ocurre hablar del “régimen saudita” o el “régimen catarí.” Siria, en cambio, es un “régimen”, pese a que es un estado laico en el cual hasta hace poco tiempo convivieron diversas religiones, existen partidos políticos legalmente reconocidos y hay un congreso unicameral con representación de la oposición. Pero nadie le quita el sambenito de “régimen”. En otras palabras: un gobierno amigo, aliado o cliente de Estados Unidos, por más opresivo o violador de los derechos humanos que sea, nunca va a ser caracterizado como un “régimen” por el aparato de propaganda del sistema. En cambio, gobiernos como los de Irán, Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y varios más son invariablemente caracterizados de esa manera.[1]

Para comprobar de modo aún más rotundo la tergiversación ideológica que subyace a estas caracterizaciones de los sistemas políticos basta con recordar la forma en que los publicistas de la derecha tipifican al gobierno de Estados Unidos, considerado como el “non plus ultra” de la realización democrática. Esto a pesar de que hace poco el ex presidente James Carter dijo que su país “no tiene una democracia que funcione.” Lo que hay, en realidad, es un estado policial, muy hábilmente disimulado, que ejerce una permanente e ilegal vigilancia sobre la propia ciudadanía y que lo más importante que ha hecho en los últimos treinta años ha sido permitir que el 1 % de la población se enriquezca como nunca antes, a costa del estancamiento en los ingresos percibidos por el 90 % de la población. En la misma línea crítica de la “democracia” estadounidense (en realidad, una cínica plutocracia) se encuentra la tesis del gran filósofo político Sheldon Wolin, quien ha caracterizado al régimen político imperante en su país como “un totalitarismo invertido”. Según este autor, “el totalitarismo invertido … es un fenómeno que …representa fundamentalmente la madurez política del poder corporativo y la desmovilización política de la ciudadanía.” [2] En otras palabras, la consolidación de la dominación burguesa en manos de los grandes oligopolios y la desactivación política de las masas, estimulando la apatía política, el abandono de –y el desdén por- la vida pública y la fuga privatista hacia un consumismo desorbitado sólo sostenido por un aún más desenfrenado endeudamiento. El resultado: un “régimen” totalitario de nuevo tipo. Una peculiar “democracia”, en suma, sin ciudadanos ni instituciones, y en la cual el abrumador peso del “establishment” vacía de todo contenido al discurso y a las instituciones de la democracia, convertidas por eso mismo en una mueca sin gusto y sin gracia y absolutamente incapaces de garantizar la soberanía popular. O de hacer realidad la vieja fórmula de Abraham Lincoln cuando definió a la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.”

Producto de esta gigantesca operación de falsificación del lenguaje, el estado norteamericano es concebido como una “administración”, es decir, una organización que en función de reglas y normas claramente establecidas gestiona la cosa pública con transparencia, imparcialidad y apego al mandato de la ley. En realidad, tal como lo asegura Noam Chomsky, nada de ello es verdad. Estados Unidos es un “estado canalla”, que viola como ningún otro la legalidad internacional y lo mismo hace con algunas de los más importantes derechos y leyes del país. Así lo demuestran, para el caso doméstico, las revelaciones sobre el espionaje que la NSA y otras agencias han venido haciendo en contra del propio pueblo de Estados Unidos, para no hablar de atropellos aún peores como los que se producen a diario en la infame cárcel de Guantánamo o la persistente lacra del racismo. (3) Propongo, por lo tanto, que abramos un nuevo frente de lucha ideológica y que de ahora en más comencemos a hablar del “régimen de Obama”, o el “régimen de la Casa Blanca” cada vez que tengamos que referirnos al gobierno de Estados Unidos. Será un acto de estricta justicia, que además mejorará nuestra capacidad de análisis y contribuirá a higienizar el lenguaje de la política, ensuciado y bastardeado por la industria cultural del imperio y su inagotable fábrica de mentiras.

- Dr. Atilio A. Boron es Director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED)

[1] Conviene recordar que esta dualidad de criterios morales tiene una larga historia en Estados Unidos. Es célebre la anécdota que narra la respuesta del presidente Franklin D. Roosevelt ante algunos miembros del partido demócrata horrorizados por las brutales políticas represivas de Anastasio Somoza en Nicaragua. FDR se limitó a escucharlos y decirles: “sí, es un hijo de puta. Pero es ‘nuestro’ hijo de puta.” Lo mismo podría decirse de los monarcas de Saudiarabia y Qatar, entre otros. Ocurre que Basher Al Assad no es su hijo de puta. De ahí la caracterización como “régimen” de su gobierno.
[2] Cf. Su Democracia Sociedad Anónima (Buenos Aires: Katz Editores, 2008) p. 3.
[3] Para un examen de la sistemática violación de los derechos humanos por parte del gobierno de Estados Unidos, o del “régimen” norteamericano, ver: Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic, "El lado oscuro del imperio. La violación de los derechos humanos por Estados Unidos" (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2009)

Fuente: ALAI AMLATINA, 18/09/2013.-

Tomado de aquí.

sábado, 27 de julio de 2013

"La historia me absolverá" (60 aniversario del Asalto al Cuartel Moncada)



Dice Atilio Boron: Hoy se cumplen 60 años de una gesta político-militar, el asalto al Cuartel Moncada, que marcó el inicio de la guerra antioligárquica y antiimperialista que culminaría victoriosamente con el triunfo de la Revolución Cubana el 1º de Enero de 1959. Esa heroica operación fue liderada por tres brillantes y valientes jóvenes cubanos: Fidel Castro Ruz, quien a punto de cumplir 27 años era el jefe del operativo secundado por su hermano Raúl, quien acababa de cumplir 22 años y Abel Santamaría, de 26 años, capturado vivo y torturado salvajemente para que delatara el nombre del jefe del alzamiento, cosa que no hizo y lo pagó con su vida. Fidel y Raúl libraron de correr esa suerte porque hubo demasiados testigos que los vieron al momento de ser capturados por los militares de Fulgencio Batista, el dictador cubano. Poco después se montó una farsa jurídica, el célebre Juicio del Moncada, y allí Fidel Castro, abogado él, asumió su autodefensa y pronunció un discurso que visto con la perspectiva que otorga el paso del tiempo puede sin duda ser calificado como uno de los más excepcionales documentos políticos del siglo veinte. A continuación reproduzco el Prólogo que escribiera para la edición definitiva y anotada de La Historia me Absolverá, publicada en la Colección Batalla de Ideas de Ediciones Luxemburg (Buenos Aires, 2005).

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viernes, 9 de noviembre de 2012

Cuba: ejemplo en educación (y la tergiversación mediática de los logros cubanos)


Rebelión, 09-11-2012


Reacción al informe de la UNESCO que respalda educación en Cuba
Silenciarlo o desprestigiarlo

Cubainformación


Grandes diarios reflejaban que, según la UNESCO, “pocos países de América Latina están en el buen camino para lograr (las metas de) Educación para Todos en 2015”. Pero cuidándose de no mencionar que Cuba es, entre estos pocos países, el más destacado.

Cuba ocupa el lugar 16 entre 120 estados del mundo en lo que respecta al llamado Índice de Desarrollo de la Educación para Todos (IDE), según un reciente informe de la UNESCO (la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) presentado en octubre (2). Este índice combina la tasa de escolarización en primaria; la tasa de alfabetización de personas adultas; la paridad e igualdad de género en educación; y la tasa de pervivencia escolar hasta el quinto grado.

En esta clasificación,
Cuba es la primera nación de América Latina y el Caribe, y supera a países ricos, como Estados Unidos, Dinamarca, Australia, Bélgica, Alemania o Israel.

El informe también avala la gran inversión material en educación que realiza Cuba, el 9,3 % de su Producto Nacional Bruto, frente al 4,1 % de media en la región (3).


Estos resultados eran
refrendados por Herman van Hooff, director de la oficina de Educación de la UNESCO para Latinoamérica y el Caribe, quien elogiaba la "calidad de la educación" en Cuba y el "compromiso de las autoridades con los programas en ese sector" (4) (5).

En la presentación del Informe, realizada en la capital de Chile, Martín Hopenhayn, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), afirmaba que “si uno mide por los indicadores más clásicos, Cuba es el país más adelantado y el que más invierte en educación” (6).


Pero los pocos medios internacionales que hicieron alguna mención al citado informe de la UNESCO, ignoraron completamente las alusiones a Cuba de los citados altos funcionarios de Naciones Unidas.


El diario español ABC, en su edición web, titulaba que, según la UNESCO, “Pocos países de América Latina lograrán Educación para Todos en 2015” (7). Hacía un relato de los graves problemas en la región, pero
sin mención alguna a los avances de Cuba.

El diario también español El País se centraba en los problemas de la educación en España, y a continuación afirmaba que “el panorama en América Latina no es mucho mejor (8). (...) Muchos países de la zona se encuentran muy rezagados. Pocos están ‘en el buen camino’, lamenta la Unesco”. Pero estos “pocos países en el buen camino” no aparecen citados. La razón es evidente: sería muy duro para la redacción de El País reconocer que Cuba –habitual blanco de sus ataques- es uno de ellos.


Otros medios, como el portal argentino Infobae, seguían el mismo patrón informativo, mencionando los problemas globales de la región, citando la existencia de unos ‘pocos países (que) están en el buen camino” e ignorando absolutamente a Cuba (9).


El citado Informe de Seguimiento de la Educación Para Todos en el Mundo 2012, de la UNESCO, levantó ronchas también entre la llamada “disidencia” cubana. A las pocas horas de su presentación, la famosa bloguera Yoani Sánchez lanzaba constantes mensajes en Twitter descalificando a la UNESCO (10). Según la actual corresponsal no acreditada del diario El País en La Habana, la educación en Cuba –que es avalada como “de calidad” por esta institución de Naciones Unidas- solo es “adoctrinamiento ideológico”.


Y es que, evidentemente, la educación en Cuba, desde la enseñanza primaria a la universidad, está impregnada de ideas y valores hegemónicos. Son los de la fraternidad, la igualdad social, la participación, el antirracismo, la solidaridad, el internacionalismo y la rebeldía antiimperialista. Exactamente los contrarios a otros como la competencia, el individualismo o el culto al éxito, eje y centro del sistema de valores culturales y educativos de las “democracias de mercado”.


(1) 
http://www.cubainformacion.tv/index.php/la-columna/223-vincenzo-basile/46188-la-unesco-cuba-y-el-silencio-de-los-medios
(2) http://unesdoc.unesco.org/images/0021/002180/218083s.pdf
(3) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=157972
(4) http://www.diariodecuba.com/cuba/13546-la-unesco-dice-que-cuba-supera-ee-uu-en-el-indice-de-educacion-para-todos?page=1
(5) http://www.correodelorinoco.gob.ve/multipolaridad/unesco-destaca-compromiso-cuba-programas-educacionales/
(6) http://www.que.es/ultimas-noticias/internacionales/201210162016-america-latina-avanza-cobertura-pero-efe.html
(7) http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=1272342
(8) http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/10/16/actualidad/1350362017_969349.html
(9) http://america.infobae.com/notas/59809-America-Latina-falla-en-su-Educacion-para-Todos.html
(10) http://www.cubainformacion.tv/index.php/la-columna/223-vincenzo-basile/46188-la-unesco-cuba-y-el-silencio-de-los-medios
 
Tomado de aquí.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La cuestión del imperialismo y la problemática geopolítica latinoamericana (fragmento). Atilio Boron



"... el sostenimiento del gigantesco, planetario, 'desorden mundial' que provoca el capitalismo en su actual fase imperialista exige la muerte prematura por enfermedades perfectamente curables y prevenibles, o simplemente a causa del hambre, de 100.000 personas por día, en su mayoría niños. Sostener este sistema, en donde unos pocos miles de multimillonarios disponen de un ingreso equivalente al del 50 % de la población mundial; en donde mientras la quinta parte de la población mundial derrocha energía de origen fósil y no renovable el 20 % restante prácticamente no tiene posibilidad alguna de consumir algún tipo de energía, y sobrevive al borde de la extinción; en donde los avances científicos y tecnológicos se concentran cada día más en un puñado de naciones; toda esta auténtica barbarie, con sus ganadores y perdedores claramente identificados, todo esto sólo es posible porque el imperialismo sigue teniendo su capacidad de aplastar a sus adversarios y cooptar, engañar, chantajear a los dóciles o acomodaticios. No se trata de un benévolo imperio virtual sino de un sistema de una infinita crueldad en donde el sacrificio de las dos terceras partes de la población mundial se realiza, día a día, en la más absoluta impunidad y a plena conciencia de sus
perpetradores."



Boron, Atilio ‘’La cuestión del imperialismo y la problemática geopolítica latinoamericana’’ [CLASE]. En: Curso virtual “La coyuntura geopolítica en América Latina” (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, Septiembre 2012), p. 16.










Entrevista de Atilio Boron a David Harvey (2010)

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