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jueves, 3 de julio de 2014

Miguel Bein: "Es la primera vez que Griesa retrocede; no aplicó su fallo"


Por  |  Para LA NACION

La entrevista tuvo lugar en la consultora del economista, en Palermo.
-Si tuviera que definirse, ¿cuál es su especialidad?
-Yo sé de historia económica argentina y de política económica en situaciones de crisis. De eso sé un montón. Analizo la situación y me imagino el curso de los acontecimientos.
-¿Existe un indicador de la efectividad de sus pronósticos?
-Yo soy ocho sobre once, históricamente. Mi marca registrada es que no confundo mis deseos con la evaluación de la realidad.
-Mire esta foto (él reunido con Scioli). ¿Qué es exactamente lo que hace con él?
-Cuando Scioli piensa que hablar conmigo le puede servir, me llama y yo estoy. Hace dos años que tenemos diálogo por iniciativa de él. Yo no lo llamo, porque no soy un bicho molesto y no aspiro a nada que tenga que ver con mi situación personal.
-Algunos dicen que si Scioli fuera presidente, usted sería un posible ministro de Economía.
-No es tiempo de hablar de eso. No tengo una vocación enferma y menos por la función pública. Tengo mi empresa, mis inversiones.
-Pero si Scioli lo llamara, ¿lo pensaría?
-Siempre uno piensa.
-Mire este video: en febrero, por cadena nacional, Cristina dijo: "Hubo un intento de desestabilización financiera. No lo digo yo, ni Axel, ni Coqui, ni La Cámpora. Lo dice Miguel Bein".
-Te pasa una vez en la vida. A la mayoría de los economistas no les va a pasar nunca. Que una presidenta de la democracia, y con los juicios duros que ella tiene sobre algunos economistas, se refiera a mí en términos elogiosos fue una conmoción. Soy un elegido.
-¿Qué le parece Kicillof?
-Sumamente inteligente, hay muchas orientaciones de él que no comparto y otras que sí.
-¿Cuáles sí y cuáles no?
-No comparto la política agropecuaria. Para nada. Yo liberaría la capacidad productiva e innovadora del campo. La forma de seguir abasteciendo una industria que es fuertemente importadora de insumos y bienes de capital es conseguir más dólares. Y los dólares se consiguen con la exportación de minería sustentable y alimentos.
-¿Cuál es su estimación de inflación para 2014?
-Estamos en 31%. Es un número preocupante, pero controlado. No hay peligro de espiralización. El año que viene puede ser entre 25 y 30.
-¿Cree que habrá nuevas devaluaciones fuertes?
-No.
-Verdadero o falso: "El Gobierno hizo el desendeudamiento más grande de la historia".
-Recontraverdadero, porque lo único que es relevante es el desendeudamiento con el mercado de capitales, no el desendeudamiento interno. La deuda donde hay un riesgo de default, de desestabilización es la deuda que flota en el mercado. La deuda pública interna que el Estado tiene con la Anses, con el Banco Central, se puede refinanciar.
-Circula una frase: "Se financian con la plata de los jubilados".
-Es una estupidez. Es mala leche o ignorancia. Esto es un fondo de garantía y sustentabilidad en un régimen de reparto. Tampoco es la plata de los jubilados. Es el fondo de donde surgen los pagos a los jubilados intergeneracionales.
-Inflación. ¿Cómo se baja?
-Son cuatro años para llegar al 10%. No hay tratamiento de shock. Hay gradualismo, acuerdo político. Hace falta consenso de la dirigencia.
-¿A qué se refiere con que falta consenso?
-Acuerdo político. Sindicatos adentro y empresarios adentro. Y dirigentes en serio, no abogados de cámaras empresarias. El país necesita que su dirigencia tome un compromiso. Sólo acá se discute en la cena en qué país van a vivir los chicos.
-¿Quiénes discuten eso?
-La dirigencia, los empresarios. El país no se terminó de hacer. Por eso los argentinos tenemos 170.000 millones de dólares en el exterior financiando al gobierno de los EE.UU. Y yo me incluyo, porque tengo dinero en el exterior.
-Y para el final, el plato caliente: ¿qué le pareció lo que resolvió el juez Griesa?
-Es la primera vez que Griesa retrocede. No aplicó su fallo, su concepto de pari passu.
-¿En qué sentido retrocede?
-No se animó a embargar los fondos para el pago a los bonistas. Eso hubiera tenido consecuencias muy graves. En EE.UU. no se pueden afectar derechos de terceros en un conflicto entre partes.
-¿La estrategia del Gobierno fue la mejor posible?
-Hace tres años, no, pero ahora se está negociando una cuestión de Estado que puede cambiar la vida económica de la Argentina. Por lo tanto, negocia la República y los de afuera son de palo.
-Cuando Kicillof dijo que si la Argentina debía pagar 15.000 millones podría estar al borde del abismo.
-(Interrumpe.) No hay que atender a las palabras demasiado. Los gobiernos hacen política con cualquier tema. Son temas muy complicados, uno no puede estar contándoles todo el día a los programas de chismes cómo va la negociación.
-Si se les paga a los buitres, ¿se aplicará la cláusula RUFO y habrá que compensar a todos?
-Eso no va a suceder. Hay gente a la que le gustaría que pasara, para que volara por el aire, y otra a la que le gustaría que no pasara. Independientemente de lo que quieran, no va a suceder. Creeme: ocho sobre once.
-Dejamos acá.

HISTORIA CLÍNICA

Bein, Miguel
Edad: 63
Ocupación
Economista. Asesora a Scioli, sin un cargo formal
Observaciones

Trabajó en gobiernos radicales, pero tiene origen peronista: "De joven milité en la JP. Me fui después de lo de Herminio Iglesias"

Tomado de aquí


miércoles, 19 de marzo de 2014

Argentina busca "normalizar" su inserción mundial - por Julio C. Gambina

 
Creo que estas son preguntas necesarias y fundamentales para el momento actual de nuestras economía-política: "¿Por qué quedar prisionero de la inversión externa y reproducir el modelo productivo extractivo para la exportación o el desarrollo fabril de armaduría dependiente de insumos externos, también para la inserción exportadora? ¿Puede construirse otro modelo productivo en el agro y en la industria? ¿Es posible modificar el patrón de consumo estimulado por la producción monopolista actual?" 
 
 
Luego de idas y vueltas se confirmó que el Club de París habilita la discusión para cancelar deuda pública impaga por unos 9.000 millones de dólares desde fines de mayo próximo. 
 
Vale recordar que la puntada inicial fue dada a comienzos de año, por el Ministro de Economía que acercó en enero una propuesta de pago en viaje relámpago a París. 
 
El paquete de “negociación” incluye que el FMI revise las cuentas de la Argentina. 
 
Todo indica que se está en caminos de “normalización” de la inserción internacional de la Argentina con el sistema mundial del capitalismo. El Club de París incluye a las principales potencias del capitalismo y a los organismos internacionales. 
 
Lo curioso del caso es que se trata de una deuda mayoritariamente asumida en tiempos de la dictadura genocida y que por lo tanto, bien podría catalogarse de “odiosa”. 
 
Muchos cuestionan la posibilidad de auditar la deuda por las sucesivas renovaciones realizadas en tiempos constitucionales, de hecho, cada turno presidencial desde 1983 renegoció y convalidó deudas. Ocurrió con Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner y con Fernández. 
 
Si bien el argumento de la imposibilidad de auditar toda la deuda es discutible, no hay duda que esta parte de las acreencias es pasible de ser denunciada, claro que si se la investiga con procesos de auditorías contables, incluso de carácter internacional siguiendo el ejemplo del antecedente ecuatoriano.
 
El Club, Repsol y el CIADI...
 
No existen dudas que el gobierno argentino busca re-establecer lazos de inserción con el mundo capitalista, lo que supone terminar el proceso de cesación de pagos iniciado en diciembre del 2001, para lo que resta culminar el arreglo con el Club de París y con el 7% de los tenedores de títulos que no ingresaron a los canjes de deuda del 2005 y sus reaperturas del 2010 y 2013, algunos de los cuales se procesan en conflictivos juicios en EEUU. Entre ambos conceptos puede alcanzarse un valor de 15.000 millones de dólares.
 
Pero también, Argentina empezó a reconocer los fallos del CIADI sumando nuevas deudas a soportar por las finanzas públicas. Insistimos en que Argentina es el país con mayores demandas ante este ámbito del Banco Mundial, del cual ya se retiraron Bolivia, Ecuador y Venezuela y que Brasil jamás suscribió. Los procesos en curso ante el CIADI constituyen una hipoteca difícil de estimar para las finanzas públicas argentinas.
 
En ese camino de “normalización” es que se justifica el acuerdo propuesto a Repsol, que esta semana defendió el gobierno ante el Senado, para cancelar la deuda por la expropiación parcial de YPF. El pago será en bonos con valor nominal por 6.000 millones de dólares, con vencimientos sucesivos hasta el año 2033 y que pueden valorizarse y costar al fisco en todo el periodo de circulación unos 11.000 millones de dólares.
 
Es evidente que esta danza de millones de dólares por deudas viejas o nuevas, odiosas o reales, que bien vendría investigar y auditar, incluso favoreciendo los procesos legales en curso en la justicia de nuestro país, tienen como sentido “normalizar” la inserción de Argentina en el capitalismo mundial.
 
¿Para qué? La explicación alude a las restricciones externas, o sea, al ingreso de capitales foráneos para el funcionamiento del orden capitalista local, o si se quiere al saldo positivo del ingreso y salida de capitales. 
 
En el 2013 se aceleró la pérdida de divisas, la llamada fuga de capitales, ejemplificada en la caída de más de 12.000 millones de dólares de reservas internacionales. La fuga no significa necesariamente una situación delictiva, sino opciones de búsqueda de rentabilidad de las inversiones de capital en el exterior. Es lo que argumentó Repsol para explicar la remisión de utilidades al exterior por 13.000 millones de dólares en una década. Fueron fondos relocalizados para inversiones en diversos territorios, especialmente en África.
 
La fuga de capitales viene de larga data, aceleradas desde el 2011 y que intentó frenarse con la devaluación de enero pasado, algo que cuesta asumir como política deliberada en ámbitos gubernamentales. Un interrogante de la coyuntura remite a si se frenó el drenaje de divisas, si se puede revertir la situación y por lo tanto si se puede considerar estable la paridad cambiaria o requerirá nuevas adecuaciones en el corto o mediano plazo de este mismo año.
 
Se argumenta que el país necesita ampliar sus inversiones para mejorar la productividad y con ella el ciclo virtuoso de la producción, es decir el consumo y la inversión. Pura lógica de funcionamiento del orden capitalista, que requiere de inversores con disposición a valorizar sus capitales, o sea a producir plusvalor y obtener ganancias como resultados.
 
El problema son los límites a la inversión, situación clara respecto de la inversión pública, que sostuvo en estos años la tasa general de inversión y hace evidente la escasa disposición a invertir del capital local, algo que se explicita en los discursos oficiales que sugieren con recurrencia a los empresarios que inviertan en la ampliación de la producción local, con escasísimo resultado.
 
Por todo ello es que la intencionalidad gubernamental pasa por atraer inversores del exterior, en el camino que sugiere la asociación entre YPF y Chevron. Pero también habilitar el camino de obtención de nueva deuda, lo cual requiere terminar con la cesación de pagos como exigencia del sistema financiero mundial.
 
¿Es posible transitar otro camino, otra política económica?
 
No se trata de una pregunta retórica. La respuesta dividió aguas políticas en el movimiento popular que resistió las políticas menemistas (1991/1999) y las de la Alianza (1999/2001), y antes la de la dictadura (1976/1983). 
 
Una porción del movimiento popular y del pensamiento crítico de los 70´ y los 90´ considera que las políticas de la última década (2003/2013) son el límite de lo posible y acreditan como éxito la disminución de los indicadores sociales tales como se manifestaban en la crisis del 2001. Algunos de ellos se animan a suscitar la necesidad de relanzar un imaginario de nueva ronda de reformas que pueda entusiasmar y contribuir a constituir sujetos políticos y sociales que sostengan un proyecto político para la transformación. 
 
El límite que se les presenta a unos y a otros es el propio orden capitalista, bajo políticas ortodoxas o de austeridad, (como en Europa u otros países que en nuestra región sustentan políticas de libre comercio); o neo-desarrollistas, (sea EEUU y su intervencionismo estatal, tanto como países con políticas críticas al neoliberalismo en América Latina). La heterodoxia argentina choca también con el capitalismo real, que exige condiciones para sostener un ciclo de inversiones que asegure rentabilidad adecuada al tiempo histórico de crisis capitalista. Es la alta rentabilidad ofrecida lo que hizo emergentes a China, India o Brasil, ante las bajas rentabilidades ofrecidas en el capitalismo desarrollado, con tasas de interés tendiendo a cero. Se puede escamotear el índice de precios ante cierto punto, tal como ocurrió entre 2007 y 2013, pero no se puede hacer eternamente. 
 
La lógica del mercado capitalista solo acepta un determinado nivel de intervención estatal, especialmente si existe organización y lucha social desplegada en las calles. Por eso, las desmovilizaciones masivas de la sociedad son funcionales a la demanda de “normalización” capitalista, y al mismo tiempo, convoca a sostener la capacidad de movilización, de resistencia y de demanda por mejoras sociales de los sectores más perjudicados en el orden económico.
 
Podríamos recordar a Hugo Chávez cuando señaló a fines del 2004 que no debían esperarse soluciones para los pueblos del mundo bajo la lógica del orden capitalista, que recordemos, se somete a la lógica de la ganancia y la acumulación. De ahí surge la convocatoria a pensar nuevamente el socialismo en el Siglo XXI. Se legitima así el pensamiento crítico anti capitalista y se habilita a discutir un nuevo orden de relaciones sociales en la economía, retomando la agenda sustentada en el Manifiesto Comunista para el Siglo XIX y más fundada en El Capital.
 
Es cierto que ante este debate, muchos acusan a la propuesta de utópica, ante los límites concretos para afirmar y desarrollar el anticapitalismo como propuesta a construir en la sociedad actual, sea en Venezuela o en cualquier país. Conspiran las experiencias fallidas (URSS y Europa del Este) y aquellas en curso, entre ellas la cubana, que tiene el límite del criminal bloqueo estadounidense y una situación de época mediada por la ofensiva capitalista desplegada desde la crisis de mediados de los 70´. La articulación integrada de un bloque socialista está limitado desde la desaparición de la URSS y el bloque soviético, e incluso las articulaciones con pretensión alternativa, el “tercer mundo”, atraviesa por los límites de sus diferentes posiciones en la situación actual, donde el imaginario cambio si se es “emergente” o receptor de inversiones externas, o si se está en situación de extrema vulnerabilidad, como ocurre en la periferia del sur del mundo.
 
Este es el marco de la discusión en nuestro país, en la región y en el mundo, que puede condenarnos al límite de lo posible o abordar el camino de la crítica de la realidad, por muy dura que esta sea, es decir, la crítica del capitalismo, lo que exige ir más allá y proponer un rumbo alternativo. Es el camino de Cuba y el que esbozan propuestas que aun requieren de mayores contenidos y sobre todo de una densidad social consciente suficiente para disputar sentido común en el movimiento popular y en la sociedad.
 
¿Por qué quedar prisionero de la inversión externa y reproducir el modelo productivo extractivo para la exportación o el desarrollo fabril de armaduría dependiente de insumos externos, también para la inserción exportadora? ¿Puede construirse otro modelo productivo en el agro y en la industria? ¿Es posible modificar el patrón de consumo estimulado por la producción monopolista actual? 
 
Se puede contestar a esos interrogantes por la afirmativa, pero requiere de un profundo debate sobre el diagnóstico de situación de la coyuntura para pensar más allá del capitalismo, límite de lo posible para una parte del activismo social y político. Un activismo contenido en un imaginario de reformas que la transnacionalización apenas permite bajo ciertas circunstancias históricas, aquellas que generó a sociedad argentina movilizada a fines del ciclo regresivo de los 90´.
 
Cuando me interrogan sobre las medidas concretas acudo a la extensa programática difundida por el movimiento obrero, campesino, de mujeres, en defensa del medio ambiente o la relación metabólica adecuada entre los seres humanos y la naturaleza, o la armonía entre la producción humana con la naturaleza, e incluso sectores de pequeños y medianos productores y empresarios, de cooperativas y el movimiento de autogestión; a los que sumo la demanda por la des-mercantilización de la educación, la salud, la vivienda, la transporte, la energía. Son todas propuestas a asumir socialmente para disputar políticamente el orden capitalista y construir el otro orden posible, el socialismo.
 
Claro que no es sencillo, pero es lo que muchos nos proponemos ante una realidad que bajo la lógica de lo posible termina promoviendo la concentración y centralización del capital para la valorización y la explotación de la fuerza de trabajo y la naturaleza.
 

Buenos Aires, 15 de marzo de 2014
 
 
Tomado de aquí
 
 
 
 

domingo, 5 de enero de 2014

Cuidado con los formadores - por Raúl Dellatorre




Entre la política de administración de precios de la gestión anterior de la Secretaría de Comercio (congelamiento y acuerdos parciales de Guillermo Moreno) y la que acaba de lanzar el actual equipo económico, se escucha y lee en estos días que las principales diferencias son “de estilo” y “un poco más de prolijidad” ahora que antes, pero no mucho más. Por eso, quienes así analizan la cuestión no le asignan gran futuro al actual ensayo, porque no ataca “las causas reales”, que no serían otras que un excesivo gasto público y una emisión monetaria descontrolada. Traducido en términos simples: proponen resolver la inflación con una brutal recesión, que en definitiva convalide la transferencia de ingresos en favor de quienes abusaron en estos últimos meses de su posición dominante en los mercados y se favorecieron en su rol de “formadores de precios”.

La conducción económica (y sobre todo la política) del Gobierno rechaza esta receta, asumiendo todos los riesgos que ello implica. Lo hizo con el intento de administración acordada de Moreno y vuelve a rechazarlo con el nuevo ensayo. El anterior fracasó. El plan actual muestra diferencias importantes con la estrategia de su precedente. Parte de un diagnóstico diferente: reconoce la existencia de una concentración excesiva en mercados fundamentales, presencia de formadores de precios capaces de controlar las cadenas respectivas de producción y comercialización, y de conductas comerciales abusivas y engañosas, que desprotegen a consumidores que terminan sin saber qué vale cada cosa ni cómo defenderse. Consumidores que sospechan que les están robando, pero tampoco saben quién lo hace.

Tras reconocer esas falencias, la nueva política de precios ensaya algunos intentos de revertirlas. Pone en manos de los consumidores un listado importante de artículos y precios (la información, como herramienta defensiva), con el compromiso de las grandes cadenas de ofrecerlos en esas condiciones (acuerdo con los oferentes). El acuerdo debería funcionar por tres meses (una especie de tregua), tras lo cual se podrían revisar los precios. Antes de que eso ocurra, el Gobierno se propone hacer un seguimiento de la cadena de producción y comercialización para verificar potenciales nudos u obstáculos que afecten el abastecimiento o la estructura de precios (atacar las causas estructurales, los cuellos de botella, oferta no competitiva). Quienes afirman que los acuerdos de precios fracasan indefectiblemente porque atacan sólo las consecuencias pero no las causas deberían prestar alguna atención a este aspecto de la propuesta.

Los análisis de mercado en los despachos de los actuales ocupantes del Palacio de Hacienda indican que no son más de 80 proveedores los que controlan el 75 por ciento de los productos que componen la canasta básica de consumo de la población. Siendo tan pocos, ostentan un enorme poder. Pero también al ser menos, constituyen un objetivo más preciso para su control. En ellos, y en las 20 o 30 grandes cadenas que ocupan una proporción similar de la comercialización, está centrada la actual etapa de la batalla contra la inflación.

Estos mismos grandes actores fueron los que hicieron fracasar el plan anterior, de Guillermo Moreno, traicionándolo: pergeñaron maniobras de cambios de packaging (presentación de envases) o directamente sustitución de productos acordados por otros ajenos al acuerdo, que viabilizaron aumentos en las góndolas del 185 por ciento (lavandina de la marca líder) o el 244 por ciento (yogures de la primera marca del rubro) tan sólo en los nueve meses de vigencia del acuerdo (abril a diciembre de 2013). Esos mismos actores vuelven a estar dentro del nuevo acuerdo. El que cambió es el actor del otro lado del mostrador: el Estado. Al menos, en su actitud de control y seguimiento. Nadie puede garantizar un resultado exitoso, pero habrá que reconocer lo promisorio del cambio.

El planteo del conflicto por parte de las actuales autoridades muestra, también, el reconocimiento de un aumento en el precio de bolsillo para muchos artículos de primera necesidad muy por encima del índice oficial de precios al consumidor. Algunos de los promotores de los índices alternativos opositores, inclusive desde el Congreso, lo festejaron. Pero también deberían pronunciarse sobre la responsabilidad de los grandes formadores de precios, que aplicaron aumentos desorbitantes e injustificados hasta diciembre, que los “relevamientos privados” computaban pero no denunciaban. Esas actitudes, ahora conocidas con nombre y apellido, merecerían algún tipo de pronunciamiento público de quienes vienen ocupándose insistentemente del “flagelo de la inflación”. Sería interesante que se pronuncien sobre este nuevo y diferente intento oficial de controlarlos, y hasta que se sumen a la convocatoria de un control popular de precios. Si no, correrían el riesgo de que alguien confunda su silencio con una actitud cómplice hacia los grupos dominantes.

Tomado de aquí


 
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