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jueves, 5 de junio de 2014

Carta abierta 16: Encrucijadas del futuro (1ra parte)




I


La Argentina, despertada de su larga decadencia desde hace más de una década cuando pocos imaginaban que un viento sureño renovaría nuestras esperanzas y expectativas, atraviesa momentos de honda significación para el futuro de una sociedad que sigue estando en disputa. Mientras el gobierno sigue dando señales claras de un rumbo asociado a la defensa de los intereses populares, desde los centros del poder económico y mediático se conspira contra la estabilidad monetaria y se busca debilitar y condicionar el camino hacia octubre de 2015. Porque sentimos las urgencias y los desafíos de la hora, porque nacimos para defender un proyecto capaz de ser portador de muchos de nuestros sueños de justicia e igualdad, creemos necesario tomar, una vez más, la palabra. Y lo hacemos con la convicción de la potencia creadora que se guarda en esta experiencia política que lleva el nombre de kirchnerismo; una experiencia que deberá batallar duramente para garantizar su continuidad en los próximos años. 



El debate político no es sólo confrontación de propuestas, diseño de alternativas, análisis racional de los cambios que la acción de gobierno produce en la sociedad. Si así fuera, no resultaría difícil coincidir en la significación positiva de la transformación producida por las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner, enfrentadas por una oposición ligera de aportes y proyectos. Sin embargo, inciden también en la vida política pasiones y entusiasmos menos fundamentados, problemas que los medios de comunicación multiplican, exagerando dificultades y agigantando temores. De este modo, ha podido sostenerse que algunos hechos criminales, gravísimos pero aislados, anticiparían un crecimiento indetenible del delito, poniendo a la sociedad en el límite de la indefensión, mientras que la forzada devaluación del peso, medida obligada para retomar el control de la coyuntura cambiaria, derivaría necesariamente en vertiginosos aumentos del precio de las divisas que llevarían al descontrol de la inflación. Estas señales de alarma son desmentidas regularmente por la realidad, pero ello no impide que reaparezcan de modo recurrente. Sería equivocado explicarlo sólo por el oportunismo de algún político opositor o la persistente ofensiva mediática.


Las políticas en materia criminal, es decir las que no sólo afectan intereses sino que deben lidiar con la vida y con la muerte, se enfrentan al condicionamiento de una opinión pública altamente sensibilizada. En toda sociedad los resultados de la acción gubernamental sólo pueden evaluarse en términos globales, en porcentajes sobre la totalidad social. Pero este necesario imperio de la ley de los grandes números pareciera desconocer el valor de cada una de las vidas que siega un acto criminal, lo que cada persona tiene necesariamente de absoluto. Frente a esta tensión entre el dolor irredimible de los deudos de la víctima y una sociedad que no detiene su marcha, corresponde brindar a los primeros consideración y solidaridad. Pero será de mala política asignarles –como ocurrió en el caso Blumberg- el lugar del juez o del legislador. Por eso la Constitución, priorizando la serena reflexión, excluye la materia penal de las que pueden ser objeto de consulta popular. Prefiere ignorarlo el sedicente candidato renovador que sigue recogiendo firmas interpelando todos los dolores de la sociedad, agitando el fantasma de un gobierno de los delincuentes para denunciar un proyecto de Código Penal que representa un significativo avance porque moderniza un viejo texto desde una perspectiva democrática y ha sido elaborado por un consenso plural. Los episodios de linchamiento que tanto impactaron a una sociedad no habituada a estas respuestas no son ajenos a este clima artificialmente creado por quienes medran con el discurso del miedo para desvirtuar cualquier sentido de ciudadanía y de solidaridad. 

Tampoco contribuyen ni a la tranquilidad social ni a la eficacia de la prevención quienes convocan a la guerra contra el delito, con un tono épico digno de mejor causa, y promueven drásticas ampliaciones de la fuerza policial que permitirían el retorno a filas de aquellos que fueron separados por actos de corrupción y vejación a los ciudadanos. En la provincia de Buenos Aires se inició hace años una reforma policial inspirada en los criterios de la Seguridad Democrática y fue dejada sin efecto. Sería deseable una reflexión seria de los responsables de ese retroceso antes que seguir haciendo silencio sobre las reiteradas denuncias de la situación en las cárceles y la violencia institucional contra los más pobres, abusos que, por cierto, no son exclusivos del primer estado argentino. Nada mas elocuente que la caracterización de la Comisión Provincial por la Memoria que afirmó al respecto : “El despliegue de uniformados, asentados en la lógica de ocupación territorial, construye un escenario bélico de control de los conglomerados poblacionales pobres donde se localizan a los “peligrosos”, como potenciales enemigos de los sectores que concentran mayores niveles de bienestar económico. A unos se los controla, a otros se los protege, expresando en las políticas de seguridad la legitimación de la exclusión social y la estigmatización de los pobres.”

La presentación de la tarea de represión al delito como una guerra podría considerarse como un mero exceso retórico sino fuera que ese discurso propicia hoy en el mundo la reinstalación de los principios intervencionistas de la doctrina de la Seguridad Nacional. En nombre de la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, los Estados Unidos han creado una red internacional de secuestro y detención de personas en condiciones inhumanas que pisotea las soberanías nacionales y legaliza la tortura. No sería inteligente de nuestra parte analizar las bravatas de nuestros paladines de la guerra contra el delito al margen de esa ominosa perspectiva.

Si la cuestión de la seguridad se debate en un contexto fuertemente viciado por un discurso intimidatorio que sólo puede ofrecer mano dura y multiplicación de las cárceles, la discusión mediática en el campo de la economía apela a un atávico saber convencional que parece inmune a todos los fracasos del neoliberalismo. Responsabilizando de la inflación al incremento del gasto público y la mejora de los salarios, el discurso dominante demoniza la intervención estatal y las políticas redistributivas y exime de toda culpa a los grandes empresarios formadores de precios. Frente a esta manipulación que utiliza la inflación para inducir políticas que favorecen la recesión, el desempleo, la caída del salario y la concentración del ingreso, la propuesta de precios cuidados, apoyada en un claro reconocimiento del fenómeno de alza de los precios y en una precisa explicación de sus causas, ha sido muy útil para develar el mecanismo que lleva a los aumentos, para dar cierta transparencia al funcionamiento de las cadenas de valor y para efectivamente cuidar el poder de compra de los sectores populares.

II

Hace algunas décadas la palabra globalización hizo pensar que se estaba ante un fenómeno nuevo en materia de ejercicio del poder mundial, en lo político y económico. La irrestricta movilidad de capitales, esencial a la lógica del neoliberalismo, implicó el auge de los modos de valorización financiera de ellos, que con el poder de ingresar y de retirarse sin restricciones de cualquier país, han facilitado un incremento de las crisis, inestabilidades y turbulencias en las naciones periféricas, consolidando y profundizando las asimetrías entre las potencias centrales y el resto de la comunidad internacional. Los inventores de ese vertiginoso concepto de globalización se basaban en hechos verificables producidos por una gran mutación tecnológica en el espacio telecomunicacional. La velocidad de transmisión en un único presente absolutizado de informaciones, símbolos y mensajes, prometía una transparencia inmediata para visualizar al mundo como una unidad abstracta que hacía circular millones de datos por segundo y creaba un ciudadano universal magníficamente “conectado”. Pero esos datos no son solo datos, sino modos de vida. Esa ciudadanía irrealmente postulada, dilapidaba su libertad en un océano de informaciones que hasta podían cobrar la forma de la escritura íntima, generando la ilusión de una democracia universal de opinión. Pero paradójicamente eran éstas las formas mismas que forjaban la dificultad para interpretar los nuevos poderes mundiales, yacentes en la supuesta inocencia de la “teoría de la información”, una de cuyas consecuencias es el debilitamiento de los lenguajes argumentativos y el control de la intimidad. Hay que volver entonces a poner la intimidad, su autonomía efectiva en peligro, en el marco de una crítica al procedimiento habitual de las grandes fábricas de ficciones de dominación y también a la lógica que preside la economía mundial. 



III


Cualquier análisis serio debe partir de reconocer que las perspectivas de la economía argentina se hacen gradualmente más inciertas como consecuencia de la incidencia de la crisis económico-financiera internacional, las restricciones de la demanda externa y, en particular, las expectativas de un crecimiento limitado del Brasil, nuestro principal socio comercial. En este contexto, el gobierno con el fin de limitar la fuga de divisas (comportamiento inmodificado de los grupos económicos y financieros locales y extranjeros aun en épocas de economía floreciente como la última década), se ha visto obligado a tomar medidas como el alza de las tasas de interés que pueden afectar el nivel de actividad económica – aunque sus efectos negativos son reducidos con medidas compensatorias como el Programa Fondear-. Así, la conducción económica actuó decididamente afrontando el intento de golpe de mercado sin recurrir a una política ortodoxa de ajuste por la que declama y opera el poder concentrado, pero merece una alerta constante –que por cierto están demostrando tener Kicillof y su equipo- la latente posibilidad que, agotada la liquidación de las exportaciones agropecuarias, se reiteren las presiones sobre el mercado cambiario siempre utilizadas para desacreditar y/o desestabilizar gobiernos de signo popular.. 

La situación que llevó a devaluar la moneda -medida que incide negativamente en el nivel de actividad económica- puso de manifiesto la creciente extranjerización de la economía, la concentración de la producción y el comercio exterior en pocas firmas y la fuerte propensión a importar de la industria. Los componentes que inciden más negativamente en la balanza comercial, como el fuerte crecimiento de la importación de combustibles o la muy alta participación de componentes extranjeros en la producción automotriz, tienen que ver con las carencias estructurales de la economía argentina. La debilidad en que se encuentra el Estado para actuar frente a la presión de las grandes cerealeras que impusieron la devaluación, señala, por otra parte, la imperiosa necesidad de adoptar medidas que avancen en el control estatal sobre la oferta de exportación. El saldo de la década tiene un sesgo muy marcado de reparación social y, sin duda, se ha avanzado en el consenso sobre el rol prioritario que debe asumir el Estado en la regulación. Pero el control del aparato productivo por agentes empresarios con limitada disposición a invertir y escaso interés por fortalecer un proceso de desarrollo tecnológico autónomo, nos enfrentan al dilema de las opciones que permitan impulsar las tareas que una burguesía transnacionalizada está lejos de asegurar. Dilema que exige recuperar el debate respecto de la centralidad del Estado -incluyendo su involucramiento productivo- para un proyecto de desarrollo nacional que al mismo tiempo concentre el máximo de los atributos en cuanto a ampliación de derechos, distribución de la renta, nuevos planteos de incorporación social y medidas auto protectoras del vivir común.

Grandes empresas de telecomunicaciones, grandes capitales financieros que fluyen de un país a otro maximizando sus ganancias especulativas, multinacionales de la extracción de minerales, compañías petroleras con directorios incesantemente intercambiables, fabricantes de semillas artificiales que crean nuevas clases sociales agrarias sin conciencia social en la explotación de las tierras fértiles de todo el planeta, asimismo interligadas a grandes emporios comunicacionales, se aprestan a teledirigir las acciones de los Estados independientes, aun de los medianamente poderosos. Es cada vez más difícil gobernar estados nacionales independientes en la era de la globalización, pues en este eufemismo, se albergan las razones mismas que condicionan esa independencia, mientras guerras explícitas o larvadas de cuño antiguo, nacionales o étnicas, siguen sacudiendo distintos puntos estratégicos del planeta. 

Pero donde hay poder hay resistencia. Más allá de la obvia transferencia de ingresos a los exportadores y los grandes tenedores de divisas, entre los que se debe contar la gran banca extranjera cuyo rol contribuye poca cosa al crédito productivo, provocada por la devaluación, quienes la impulsaron imaginaban que la gestión económica perdería el control de la coyuntura, en un escenario de fuerte presión de las demandas salariales, creciente alza de los precios internos y de la cotización del dólar. En ese contexto, el gobierno de Cristina Kirchner se vería obligado a transitar un sendero de ajustes sucesivos y recurrir sin condiciones al crédito internacional, preparando de este modo al país para el nuevo rumbo económico que esos sectores pronostican como inexorable a partir del año 2015. Una presidenta que así abandonara el camino de sus políticas redistributivas y transformadoras –sostienen con alborozo los voceros del establishment- quedaría debilitada para incidir en su sucesión.

IV

Aun así en un contexto que dificulta la continuidad de las políticas de expansión de la demanda, la presidenta se niega a una drástica reducción del gasto e imagina a diario nuevas medidas que, como el Plan Progresar, la Ley para reducir el trabajo informal y el significativo aumento de la AUH, hacen a la identidad más profunda del kirchnerismo. Siguiendo con esta capacidad creativa y renovadora, pero ya en otro terreno, el gobierno tomó la decisión de crear el Ministerio de Cultura. Algunos nucleamientos empresarios, reunidos en el Foro de Convergencia Empresarial, han optado por plantear un programa máximo de retorno al neoliberalismo que niega al Estado la posibilidad de financiamiento, rechazando toda posibilidad de imponer retenciones a la producción del agro –con un tono que hace pensar que consideran esa medida como una violación a los Derechos Humanos- y ubicando un derecho de propiedad que no admite restricciones en la cumbre del orden jurídico, mientras adjudica al empresariado la exclusividad de sujeto creador de valor y cosifica a los trabajadores. Otros sectores del gran empresariado prefieren una línea menos agresiva, pero esta actitud moderada no concurre menos que la anterior a presionar al gobierno para imponer un consenso de política económica que excluye toda radicalidad que sea apropiada para cuestionar las estructuras sindicales obsoletas, aun intocadas. Estas obturan la intervención política de los trabajadores y son funcionales a los intereses de los sectores empresariales mencionados. Las palabras de Hugo Yasky el 1º de mayo definen otras aspiraciones: “La clase trabajadora no puede ser convidado de piedra a la hora de definir las políticas de un país. La clase trabajadora no puede mirar por televisión el rumbo de los cambios. Ese protagonismo hay que construirlo todos los días”. No sólo en el campo de la economía se encuentran los nubarrones que hacen difícil visualizar una salida política que garantice la continuidad del proyecto. Los problemas para definir un candidato identificado con lo realizado en ésta década revelan que el kirchnerismo -sin duda la principal fuerza política en términos de militancia y movilización- no ha completado aun el proceso de su constitución como movimiento orgánico. Se ha avanzado mucho en estos años en la adopción de un discurso que cobija en el Frente de la Victoria tanto a los militantes provenientes del peronismo como a quienes se identifican con otras tradiciones políticas. Esta confluencia, en su momento anticipada por los peronistas más lúcidos como John William Cooke, marca la superación de una larga etapa de divergencias signada por la afirmación excluyente de un peronismo que pretendía ignorar sus propias contradicciones como por la negativa de muchos sectores de izquierda para reconocer la centralidad de la experiencia política de los trabajadores, en su singularidad persistente. Sin embargo, aún no se ha logrado constituir una única fuerza con todos los que se consideran militantes y adherentes al proyecto democrático, nacional y popular.



V


El kirchnerismo se conformó como movimiento apoyándose en la identidad del peronismo y en una estructura de poder conformada por gobernadores, intendentes y dirigentes sindicales de la que resultaría difícil prescindir. Son fáciles de comprender las razones políticas e históricas que explican el rol del Partido Justicialista, pero es necesario recordar que los rumbos principales de la acción política en la última década no surgieron de decisiones orgánicas del PJ sino de una iniciativa audaz desde lo alto del poder de gobierno, que no tardó en recoger grandes adhesiones.

En la perspectiva de la renovación presidencial, la relación entre kirchnerismo y peronismo es nuevamente puesta en tensión y se debate cual es el espacio más abarcador. Cuando algunos dirigentes sostienen que el kirchnerismo es sólo una parte del peronismo debe tenerse en cuenta que una fracción significativa de la dirigencia proveniente del justicialismo se encuentra en la oposición. En consecuencia, cualquier propósito de reunificación indiscriminada del peronismo supone el apartamiento de la línea seguida desde la asunción de Néstor Kirchner. Si aceptamos que el tema central de la disputa política se refiere hoy a la continuidad de este proyecto queda claro cuál es la convocatoria que debemos formular. 

La perduración de las identidades políticas plantea un debate teórico difícil de saldar. A medida que se extendía a sectores amplios del electorado, el peronismo ha ido perdiendo perfiles claros y albergando propuestas contradictorias. El menemismo representó el intento oportunista de adecuarse a la hegemonía neoliberal y someterse a los dictados del poder económico, el kirchnerismo significó el rescate de las mejores tradiciones peronistas y de otros legados equivalentes del pensamiento emancipador. Aquella experiencia de gobierno tuvo, naturalmente, el apoyo del poder económico y la derecha política; la que estamos transitando convocó a un arco muy amplio de fuerzas populares. Esta y no otra es la contradicción central en la política argentina, y, aunque parezca paradójico, es necesario preocuparse tanto por la consolidación del peronismo que apoya a CFK como por asegurar la más amplia unidad popular en torno al gobierno nacional. 

Por cierto que esta unidad popular nada tiene que ver con agrupamientos recientemente constituidos, como el FA/UNEN, que no han podido siquiera llegar al mínimo de coincidencias imprescindible para un pronunciamiento colectivo. Los límites para el asombro no dejan de ensancharse en la política argentina: después de la indefendible gestión del presidente expulsado en 2001, se consideró que la Alianza no podía repetirse. Sin embargo, aquella desafortunada iniciativa tenía por lo menos la disculpa de haberse constituido para enfrentar a un gobierno reaccionario y, además, era un acuerdo de partidos no un conglomerado de aspirantes al liderazgo mediático.
No ha pasado inadvertida la recurrente invocación en el discurso presidencial de la figura de Raúl Alfonsín. No significa esto, seguramente, que hayan dejado de considerarse discutibles algunas de las medidas de su gobierno y gravemente reprochable al haber cedido ante la amenaza de golpe otorgando a los sediciosos las leyes de impunidad, sólo que el juicio histórico tiene que ser favorable a quien en su afán de profundizar la democracia enfrentó el hostigamiento de las corporaciones y los medios hegemónicos. Ese rescate de la mejor historia del radicalismo, también alcanza a otras tradiciones populares a las que no son fieles quienes se consideran hoy sus seguidores. Alfredo Palacios, adversario del peronismo, en su momento, participó de los primeros movimientos antiimperialistas de América Latina y fue un decidido defensor de la Revolución Cubana. Difícilmente podría soportar la vergüenza de saber que algunos de sus correligionarios hubiera votado contra el gobierno popular de Hugo Chavez, blanco de todos los ataques y maniobras de los Estados Unidos.

Tomado de aquí




martes, 24 de septiembre de 2013

La clase media - por Bernardo Kliksberg




Una tercera parte de la población latinoamericana pertenece a las clases medias.

Pero su peso real en la sociedad es mucho mayor que su tamaño. Las clases medias tienen roles clave en el aparato productivo.


Son la principal fuente de empleo; se estima que el 95 por ciento de las empresas de la región son pequeñas y medianas; ellas generan 160 millones de puestos de trabajo.


También son el gran mercado de consumo y quienes dinamizan el mercado de la cultura, componen las audiencias masivas de los teatros, leen libros, compran periódicos.


Pesan fuertemente en las elecciones. Participan masivamente, activan, se mueven. Empujaron el terremoto político que ha cambiado en los últimos ocho años la distribución de poder en la región.

Se ha caracterizado, entre otras, por las siguientes vivencias históricas:

1. Vulnerabilidad. En los ochenta, la década perdida para el crecimiento, y en los noventa, la década perdida para la equidad, las políticas económicas ortodoxas debilitaron sus bases económicas. Redujeron y complicaron las posibilidades de ser pequeño y mediano comerciante o industrial, profesional independiente, funcionario público estable; concentraron el crédito, degradaron las jubilaciones, aumentaron el desempleo y la informalidad; desarticularon el Estado, privatizaron la salud y buena parte de la educación. En los noventa, las tasas de desempleo profesional se duplicaron en Brasil, Colombia y Ecuador, se multiplicaron por 5,5 en Argentina. La distribución del ingreso varió sustancialmente. En Argentina, el coeficiente Gini que la mide saltó de 0,50 a 0,59 entre 1990 y 2002. En los años de Menem, siete millones de personas, el 20 por ciento de la población, dejaron de ser clase media para convertirse en “nuevos pobres”. Amplios sectores de los estratos medios acorralados optaron por la migración. En los noventa, un millón de ecuatorianos, el 8 por ciento de la población, dejó el país.


2. Impactos psicológicos devastadores. En pocos años, gruesos sectores de los sectores medios que soñaban con movilidad se convirtieron en “nuevos pobres”. Conservaban la cultura, los modales, los valores y las aspiraciones de la clase media, pero sus realidades eran de cruda pobreza. Se produjeron daños severos. Según un estudio de la Universidad de Buenos Aires, muchas familias “implosionaron”. El cónyuge masculino, con la autoestima semidestruida, se atribuyó la culpa y tendió a “destruirse a sí mismo y destruir el núcleo familiar”. Por otra parte, como lo había previsto el Nobel de Economía Robert Solow, al revés de lo que suponen los economistas ortodoxos, en situaciones de desempleo de extensa duración, en lugar de buscar afanosamente trabajo, muchos se retiraron del mercado laboral, por el temor de seguir siendo rechazados una y otra vez. Las políticas sociales deben aprender que trabajar con pobres no es lo mismo que con “nuevos pobres”.


3. La resistencia. La clase media inventó estrategias inéditas para sobrevivir. En algunos grandes centros urbanos se extendió la “economía de canje”. Se canjeaban “saberes”. Los dentistas y contables atendían y eran pagados en especies u otros conocimientos por artesanos, productores caseros de alimentos o electricistas. Se llegó a crear una moneda para los canjes.


4. La protesta. Los sectores medios fueron clave en los grandes movimientos por el cambio del fundamentalismo de mercado, hacia modelos inclusivos que se dio en la década en curso. Fueron muy activos en que 13 presidentes latinoamericanos no pudieran terminar sus mandatos entre 1993 y el 2006. Alentaron una renovación profunda de los liderazgos, las políticas económicas, el rol del Estado y el refortalecimiento de la política social.

5. La tentación autoritaria. Cuando se pregunta en el latinobarómetro qué problemas les preocupan más, los latinoamericanos, y en proporciones aún mayores las clases medias, contestaron que la inseguridad laboral (la desocupación bajó sensiblemente pero temen por la estabilidad de su trabajo) y la inseguridad ciudadana. Algunos de los grupos más reaccionarios de las sociedades de la región, están proponiendo un alivio fácil para esa ansiedad real: la mano dura. La propuesta incluye bajar la edad de encarcelamiento de los niños, reducir las garantías procesales, dar más mano libre a la policía, multiplicar los recursos en seguridad, ampliar las cárceles. No da resultados. Ciertos sectores de las clases medias han asumido con facilidad, las ilusiones de respuesta simplificadora e inmediata que da la mano dura y le están sirviendo de respaldo social. La opción mano dura frente a la de enfoque integral ante la inseguridad, arrancando de sus raíces sociales, es uno de los dilemas que tienen los estratos medios por delante. Urge mejorar la calidad del debate, en este tema crucial para la democracia en la región.

6. El cambio de referencia. Las duras experiencias que padeció la clase media latinoamericana derribaron muchos mitos bastante antes que las actuales implosiones de Wall Street y el sistema financiero mundial. De ahí que las encuestas regionales hayan mostrado desde el 2000 su viraje de la confianza ciega en la “mano invisible” del mercado hacia modelos más equilibrados.


La situación mejoró significativamente para los estratos medios en el marco de los nuevos modelos y la prosperidad de la región en los últimos cinco años. En Argentina, la clase media recuperó posiciones rápidamente; en Brasil sería hoy, según estimaciones, el 52 por ciento de la población. Sin embargo, está muy distante de estar consolidada. Así, sólo el 11 por ciento de los jóvenes de Chile y México se gradúa en la universidad. Las nuevas realidades económicas mundiales pueden afectar severamente a un continente altamente vulnerable, donde, a pesar de los avances, 200 millones (37 por ciento de la población) viven en pobreza y que es el más desigual de todos, (el Gini es 0,51 comparado con el muy malo 0,40 mundial).


Algo está claro. La clase media no será más “carne de cañón” de experimentos económicos como las políticas ortodoxas dogmáticas. Se ha concientizado, aumenta su participación y será un actor decisivo en la modelación del futuro de la región.-

Tomado de aquí.

 

lunes, 29 de abril de 2013

La Iglesia y sus "olvidos" - Por Ricardo Forster



“Ahora bien, en su concreta historia institucional la religión ha sido un poder legitimador de cuantiosas injusticias. Pero también, desde su cosmovisión salvífica, promesante, resistente, desde su aflicción de amor insondable contra tanta crueldad, desde su ser entre las gentes contra las injusticias del mundo, lo religioso judeocristiano fue esencialmente y profundamente crítico de la Mala Historia. Del dolor, del sufrimiento humano, en su memoria. Comprensión de lo religioso que alumbró o hizo alucinar a la Escuela de Frankfurt, por ejemplo, la cual situó la religión como momento crítico de primer orden en el itinerario de lo humano. Desde este enfoque el momento de verdad en lo religioso, sería la disconformidad con el mundo dado, con el mundo del mal, con el mundo injusto. La Escuela de Frankfurt, mucho del pensar de la teoría crítica en Horkheimer, Benjamin y Adorno heredan eso: la instancia mesiánica, la teología entrando en el campo del pensamiento y la filosofía, la religión como memoria infinita de la irracionalidad del mundo, memoria de la víctima antes y ahora. Lo religioso fue como el último subsuelo de la cultura donde se rescató su momento crítico.”

Nicolás Casullo, Las cuestiones

Ha sido esta permanente tensión la que ha signado el recorrido por la historia de “la religión”. Una tensión entre su dimensión institucional, aquella que la vinculó con los poderes establecidos y que le permitió legitimar las pesadas injusticias que han caído sobre los débiles y los desposeídos; y, esa otra dimensión, nacida del fondo más arcaico de las creencias populares que, al decir de Casullo, se ha nutrido de una “cosmovisión salvífica”, de un ensoñamiento redencional que ha proyectado, la mayor parte de las veces como paliativo, la ilusión de un mundo justo y depurado de tantas miserias materiales y morales. Una tensión, lo sabemos, que en términos históricos no ha dejado de inclinarse hacia un poder institucional asociado, desde su lejana fundación, con los causantes de las injusticias y los males que siguen afligiendo a los desheredados y a quienes escucharon a Jesús pronunciando el sermón de la montaña. Un sermón que, con el paso del tiempo y la consolidación de la jerarquía institucional romana, se fue convirtiendo en lengua ausente, en huella tenue de un camino sellado por quienes fueron en busca del pacto con los poderosos de este mundo. Lo que persistió fue, sin embargo, la lengua religiosa como expresión de todos aquellos que siguieron insistiendo, por fuera de la jerarquía y del poder, con aquello de la “distribución del pan” y de la esperanza mesiánica. Durante 2000 años, pero en especial desde que legitimó un tipo de organización y de poder que nada tenían que ver con los tiempos del comienzo cuando recién surgían las primeras comunidades, se ocupó, con singular esfuerzo, en retrasar e impedir “la llegada del reino”.


Allí, en el comienzo de su camino temporal, cuando se volvió iglesia de Roma, fundamento espiritual del Imperio y de su dominio, la religión católica, organizada bajo la forma de jerarquías inconmovibles y de concilios depuradores de heterodoxias y de herejías amenazantes de la centralidad dogmática, le dio forma a una arquitectura del poder que la fue alejando, cada vez más, de su ya oscuro origen igualitario en el que los miembros de la comunidad de los creyentes compartían bienes e ilusiones. Transformada en leyenda esa historia de las primeras comunidades cristianas, acabaron por dejar su lugar ejemplar a una institución estructurada alrededor de la jerarquía, los oropeles y la riqueza capaz de competir con los otros poderes de este mundo. A lo largo de su más que milenaria historia sufrió rupturas y desprendimientos casi todos asociados al abismo que la fue separando de sus orígenes y que fue profundizando la corrupción de sus prácticas y de sus estructuras organizativas. Caminando hacia “el encuentro de Cristo”, la Iglesia fue ahondando el abismo que la separó del sufrimiento de los débiles al mismo tiempo que pronunciaba aquella frase de vastísimas consecuencias históricas y políticas: “Al César lo que es del César” (traducido venía a significar la legitimación de la injusticias y las desigualdades, de la discrecionalidad de los poderosos y de la perpetuación, mientras durase la vida pecaminosa de los hombres en este mundo, de la pobreza como testimonio de una promesa a cumplirse más allá del tiempo y de la historia).

Una “Iglesia de los pobres” que nunca se propuso combatir las causas de la pobreza y que prefirió, siempre, naturalizar esa condición transfiriéndola al misterio de Dios que, eso sí, acabaría por preferir, el día del juicio, a las multitudes incontables de quienes sufrieron la amargura de la pobreza en la vida terrenal. “Más difícil será que un rico entre al paraíso que pasar un camello por el ojo de una aguja.” De ironías también está empedrado el camino de la salvación. Lo cierto, es que las señales que emanaron desde la cúpula eclesiástica han convertido ese antiguo refrán en un hazmerreír o, peor aún, en una cruel evidencia de la falsedad de una institución que ha venido trabajando con sistemático denuedo en garantizar la sumisión de los pobres y la perpetuación del reino de los ricos. Claro que siempre quedará como paliativo la promesa de ese otro reino allende la vida terrenal. De infinitas postergaciones está hecho el largo camino del Señor. Y, en el mientras tanto, se trata de sostener a rajatablas el poder de todos aquellos que, eso sí, no lograrán “entrar al paraíso”. Por supuesto que siempre están a la mano, para no perder la esperanza de la salvación, la caridad, la filantropía y las indulgencias. La Iglesia ha sabido negociar con “sabiduría” ese delicado equilibrio entre la satrapía del poder de los ricos y la interdicción a sumarse al rebaño de los salvados. El pastor quiere que su Iglesia “huela a ovejas”, que sea la casa a la que peregrinen los pobres para recibir, de su “santa madre”, la eucaristía y la promesa siempre postergada. Lo que no quiere es que “sus ovejas” dejen de ser un rebaño manejado por los poderosos ni que logren empoderarse de sí mismas buscando acercar el día de la redención bajo la forma de la conciencia social, cultural y política. Ante la amenaza de que eso pueda llegar a ocurrir, de que las ovejas se vuelvan rebeldes, siempre ha sabido a quiénes recurrir. Su ojo ha sido infalible e impiadoso para su propio “rebaño”. De eso sabe mucho la abrumadora mayoría de la jerarquía de la Iglesia latinoamericana. Bergoglio, antes de ser Francisco, también supo de estas imprescindibles “transacciones” con los poderes terrenales. ¿Querrá o será capaz de cambiar esta historia recurrente? ¿Irá contracorriente de lo que él ayudó a construir siendo jefe de la curia metropolitana y luego cardenal primado de la Argentina? ¿Logrará sustraerse a su doble faz, aquella del sacerdote austero preocupado por los más pobres y aquella otra de la complicidad con lo peor de nuestra historia? Un razonable escepticismo nos acompaña. También estamos atentos a la novedad que entraña la entronización del primer papa latinoamericano. La historia, lo sabemos, nunca es lineal ni carece de sorpresas y cambios de dirección. Veremos.

Dar cuenta de esta diferencia entre lo institucional y lo salvífico, entre la construcción sistemática de un poder asociado a todos los poderes terrenales y cada vez más alejado de sus orígenes míticos, y una iglesia clandestina preocupada y ocupada de la “criatura sufriente”, voz secreta y minoritaria que a lo largo de la historia no dejó de ofrecer ejemplos de entrega y heroísmo en nombre de los “pobres de espíritu”, constituye un tema no menor cuando hoy, entre nosotros y en una época fuertemente caracterizada por la secularización y la profanación de casi todas las formas de religiosidad, la “institución” Iglesia católica, envuelta en una tremenda crisis de legitimidad, y aferrada a su deseo de eternidad, busca, con la astucia y la inteligencia que la ha caracterizado desde su primeros conflictos internos y externos, sortear sus dificultades buscando borrar, en parte, esa absoluta distancia entre lo “institucional” y lo religioso como vivencia social y popular.

La elección de Francisco (ya he hablado de la significación de su nombre que por primera vez ha sido utilizado por un papa) debe ser interpretada en el conflictivo escenario por el que se desenvuelve una Iglesia profundamente dañada y corrompida. Francisco, en todo caso, no surge de un momento de reespiritualización de Roma o, mejor todavía, de una decisión unánime de regresar sobre las huellas de ese origen mítico de una ecclesia de los creyentes, sino que es el resultado de su escándalo y confusión o, dicho desde otro lugar, un nuevo giro para intentar paliar su decadencia y su pérdida de credibilidad. En la hondura de su crisis es que hay que ir a buscar una de las claves de la elección del primer papa latinoamericano, ese mismo que, como dijo cuando se asomó por primera vez al balcón vaticano, “lo fueron a buscar al fin del mundo”. ¿Acaso porque en Europa ya resultaba imposible encontrar a un sucesor de Benedicto XVI que pudiera sustraerse a una enorme ola de corrupción económica y moral? ¿O, tal vez, porque en el sur de América viven la mayor parte de los católicos del planeta y resulta imprescindible frenar el drenaje hacia las “otras” iglesias cristianas (pentecostales, testigos de Jehová, evangelistas diversos e, incluso y fuera de la grey emanada del crucificado, mormones y religiosidades afroamericanas) es que se ha elegido a alguien que conoce muy bien el territorio y las dificultades del catolicismo para construir un dique sobre todo en el mundo de los pobres? ¿O, más grave todavía, para frenar a los movimientos democrático-populares sudamericanos que hoy constituyen la principal oposición al neoliberalismo?

Pero Francisco, que se llama Bergoglio y que conoce la historia compleja de las injusticias y las desigualdades latinoamericanas, sabe que con promesas abstractas no se volverá a conquistar el corazón de los pobres. Sabe, también, que en las últimas décadas “su” Iglesia no sólo ha clausurado lo mejor del Concilio Vaticano II sino que, de un modo abrumador y a través de su jerarquía, ha apoyado los peores proyectos político-sociales regresivos y dictatoriales. Si América latina sigue siendo el continente más desigual del planeta no es por causas naturales sino por la construcción sistemática, a lo largo de su historia, de un sistema brutal e injusto que fue santificado por la propia Iglesia. Cuando ese poder intentó ser cuestionado por “las ovejas”, desde el tiempo de las primeras rebeliones indígenas hasta los grandes movimientos populares del siglo XX, la cúpula de la Iglesia no dudó en alinearse del lado de los poderes reaccionarios y conservadores. Incluso cuando algunos de sus mejores hombres y mujeres intentaron regresar al mensaje de Cristo, sobre todo traducido a la lengua de los desamparados, cuando hicieron una “opción por los pobres” más allá de los circuitos de la filantropía, cuando se comprometieron con proyectos de liberación, fueron denunciados y perseguidos como herejes por sus propios “hermanos” o simplemente abandonados a su suerte. De Angelelli a Romero, de Mujica a las monjas francesas, de los jesuitas asesinados en El Salvador a los curas palotinos de Buenos Aires, el silencio y la complicidad fueron las respuestas de esa misma jerarquía. Quizás Francisco tenga ahora la oportunidad de desandar ese camino para iniciar otro de reparación, de memoria y de justicia. De nuevo, ¿querrá?, ¿podrá?, ¿imaginará otra suerte para las “ovejas” que no sea la de reproducir eternamente su condición de pobres?, ¿encontrará las palabras adecuadas para nombrar las causas reales de tantas injusticias? Es probable, regresando al texto de Casullo con el que comenzaba este artículo, que la contradicción entre la “institución religiosa” y la religiosidad como crítica del mundo y como promesa de libertad e igualdad sigan profundizando su discordia histórica.

(Diario Página 12, domingo 7 de abril de 2013)

Tomado de aquí.

 
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