El 3 de junio de 1770 nació en Buenos Aires Manuel Belgrano, uno de los más audaces revolucionarios de Mayo. Recordado como creador de la bandera, ingeniero del “éxodo jujeño”, comandante del Ejército del Norte y por haber destinado los 40 mil pesos oro de premios a la construcción de escuelas en las provincias del norte, Belgrano murió en la pobreza total, el 20 de junio de 1820, atacado por una agobiante enfermedad. Sus ideas innovadoras quedarán reflejadas en sus informes anuales del Consulado, a través de los cuales tratará por todos los medios de fomentar la agricultura y la industria, y de modificar el sistema de producción vigente. Desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, no desarrollaba la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria. Daba consejos de utilidad práctica para el mejor rendimiento de la tierra y propuso trasladar la experiencia europea de otorgar recompensa a quienes realizaban nuevos plantíos, “señalando un premio por cada árbol que se da en un tanto arraigado”. Belgrano fue el primero por estos lares en proponer una verdadera Reforma Agraria basada en la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos. Reproducimos aquí un texto aparecido en el Correo de Comercio, a menos de un mes del estallido de la Revolución de Mayo, sobre la necesidad de distribuir la tierra entre los labradores. |
| Fuente: Correo de Comercio, Nº 17, 23 de junio de 1810, en Correo de Comercio, Tomo I, Buenos Aires, Real imprenta de niños expósitos, 1810, págs. 130-136. |
| Cuando vemos a nuestros labradores en la mayor parte llenos de miseria e infelicidad, que una triste choza apenas les liberta de las intemperies; que en ellas moran padres e hijos; que la desnudez está representada en toda su extensión, no podemos menos que fijar el pensamiento para indagar las causas de tan deplorable desdicha. Si traemos a consideración la clase de tierras en que cultivan, hallamos que son de la mejor calidad para atraer las influencias del clima benigno que disfrutamos, y que apenas se remueven, se apoderan de las semillas que se le depositan y producen en gran abundancia correspondiendo aun más allá de las esperanzas de los que las cultivan. Si observamos la clase de instrumentos de que se valen, hallamos, es verdad, la mayor imperfección que es posible en ellos…[…]; pero aun esto todavía es pasadero, porque nuestras tierras están vírgenes, basta que se arañen, y los animales son poco costosos y su aliento lo deben a la naturaleza. Si atendemos al modo del cultivo […] encontramos infinitos defectos […]; pero la naturaleza supera todo, y se empeña en vencer a la ignorancia para que no consiga el que deje de ser benéfica a los habitantes de este suelo. Si fijamos la idea en el modo con que se cosecha, no es posible dejar de lamentarnos de un método tan descabellado que tantos perjuicios trae a los mismos labradores y a todos sus conciudadanos; no obstante, todavía no juzgamos que ésta sea la causa de su pobreza… Tampoco la atribuimos a la falta de anticipaciones para las cosas precisas a su labranza, de que se prevale el monopolio para conseguir todas las ventajas… No en las trabas y obstáculos que les presentan los malos caminos y aun las mismas calles de la capital, en donde se les rompen las carretas y pierden sus granos, no obstante el derecho que satisfacen para que se compongan esas carreras. Ni deducimos que su situación infeliz provenga de las extorsiones que se les causan, que no son pocas, abusando los autores del poder que se les confía para otros objetos… […] Todos esos males son causas de la principal, que es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores: este es el gran mal de donde provienen todas sus infelicidades y miserias, y de que sea la clase más desdichada de estas provincias… [negritas nuestras] Sí; la falta de propiedad trae consigo el abandono, trae la aversión a todo trabajo; porque el que no puede llamar suyo a lo que posee que en consecuencia no puede disponer […]; el que no puede consolarse de que al cerrar los ojos deja un establecimiento fijo a su amada familia, mira con tedio el lugar ajeno, que la indispensable necesidad le hace buscar para vivir… De aquí resulta que se contenta, si se dedica a algún cultivo, con que le satisfaga sus primeras necesidades; no trata de adelantar un paso, nada de mejoras, porque teme que el propietario se quede con ellas… Esto es muy sabido, como lo es que no ha habido quien piense en la felicidad del género humano que no haya traído a consideración la importancia de que todo hombre sea un propietario, para que se valga a sí mismo y a la sociedad: por eso se ha declamado tan altamente, a fin de que las propiedades no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito el número de no propietarios: esta ha sido materia de las meditaciones de los sabios economistas en todas las naciones ilustradas, y a cuyas reflexiones han atendido los gobiernos, conociendo que es uno de los fundamentos principales, sino el primero, de la felicidad de los estados. Podríamos presentar pruebas de [este] asunto de tanta consideración, que todavía estamos en tiempo de remediar, para que salgan del estado de miseria e infelicidad en que están nuestros labradores, y los que nos sucedan se hallen sin un mal de que tanto se lamentan en los Estados de Europa y a que, con justicia, se atribuye su decadencia. Nuestra población ha ido aumentando, y corre a sus progresos en medio de las trabas e impedimentos… […] Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria y esto lo hemos de conseguir si se les dan propiedades, o donde no se pueda ejecutar, porque no hay derecho a quitárselas a quien las tiene, al menos que se les den las tierras en enfiteusis. El origen de las propiedades de los terrenos entre nosotros se debe al repartimiento que se hizo al fundarse los pueblos, y sucesivamente a las denuncias de las tierras realengas, que en consecuencia se han rematado… […] El repartimiento, pues, subsiste a poco más o menos como en los tiempos primeros; porque aun cuando hayan pasado las tierras a otras manos, éstas siempre han llevado el prurito de ocuparlas en aquella extensión, aunque nunca las hayan cultivado, y cuanto más se hayan contentado los poseedores con edificar una casa de campo para recreo, plantar un corto monto de árboles frutales, dejando el resto eternamente baldío, y con el triste gusto de que se diga que es suya, sin provecho propio ni del estado. Se deja ver cuán importante sería que se obligase a estos, no a darlas en arrendamiento, sino en enfiteusis a los labradores, […] para que se apegasen a ellas, y trabajasen como en cosa propia, que sabían sería el sostén de su familia por una muy moderada pensión; y seguramente muy pronto por este medio nos presentaría el campo, que nos rodea, una nueva perspectiva, subrogando este medio justo a la propiedad. Pero todavía hay más; se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña… Cualesquiera pues de estos medios que adoptemos, y estando a la mira de prevenir los inconvenientes de la falta de propiedad de las nuevas poblaciones que se promovieren, y de que tanto carecemos, tendremos que las propiedades serán repartidas, y que nuestros labradores saldrán del estado infeliz en que yacen, con ventajas indecibles para la causa pública. Remediemos en tiempo la falta de propiedad, convencidos de lo perjudicial que nos es: es preciso atender a los progresos de la patria, y esos no los obtendremos sin que nuestros labradores sean propietarios, o casi propietarios: esto interesa a la Nación, al Gobierno, y aun a los mismos particulares: en una palabra es un beneficio general que nunca sabremos agradecer bastante a cuantos cooperen a la realización de los pensamientos apuntados, u otros que discurran los sabios, para evitar la falta de propiedades, que tienen nuestros labradores. Tomado de aquí |
"En medio de esta lucha por la justicia, la libertad y el imperio de la voluntad del pueblo, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su hermano." Rodolfo Walsh
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miércoles, 4 de junio de 2014
Manuel Belgrano y la distribución de la tierra
jueves, 12 de diciembre de 2013
Felipe Varela y el manifiesto de enero de 1868
En 1863 el “Chacho” Peñaloza fue asesinado luego de levantarse contra el centralismo porteño del general Bartolomé Mitre. Dos años más tarde, a poco de iniciarse la Guerra del Paraguay, los partidarios del federalismo comprendieron que se ponía en juego su destino y se levantaron en armas contra el gobierno nacional. Las provincias del Interior se negaban a pelear contra el Paraguay. Estaba claro que era una guerra fratricida. Los soldados argentinos marchaban al frente de batalla encadenados. En su libro sobre la guerra, León Pomer publica un sugestivo documento sobre las condiciones de los “voluntarios catamarqueños”. Se trata de un recibo extendido por un herrero de esa provincia cuyo texto dice: “Recibí del gobierno de la provincia de Catamarca, la suma de 40 pesos bolivianos por la construcción de 200 grillos para los voluntarios [sic] catamarqueños que marchan a la guerra contra el Paraguay”. Pronto, la impopularidad de la Guerra de la Triple Alianza, llamada así en alusión a la coalición entre Argentina, Brasil y Uruguay, y los tradicionales conflictos generados por la hegemonía porteña desencadenaron levantamientos en Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja. En noviembre de 1866, se produjo “la revolución de los colorados” en Mendoza, liderada por Carlos Juan Rodríguez y Juan de Dios Videla. Pronto se extendió por las provincias cuyanas. Felipe Varela, caudillo catamarqueño y estanciero de Guandacol, en La Rioja, había peleado contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas, pero debió exiliarse en Chile. A la caída de Rosas, se integró a la confederación a las órdenes de Urquiza; sin embargo, tras la derrota de Pavón, que dio triunfo a Mitre, se unió en 1862 a las fuerzas federales al mando del Chacho Peñaloza. Tras el asesinato del caudillo riojano, Varela se puso a las órdenes de Urquiza en Entre Ríos. Más tarde regresó a Chile, donde adhirió a la Unión Americana, formada para repudiar los ataques europeos contra Perú. Pero ante la situación que vivía su patria, decidió regresar y enfrentar al gobierno nacional. Ordenó comprar unas pocas armas con la venta de sus tierras y el 6 de diciembre de 1866, desde Jachal, San Juan, se sublevó contra el gobierno de Bartolomé Mitre con no más de 200 soldados montoneros, lanzando su célebre proclama a los pueblos americanos. A su llamado acudieron centenares de hombres, principalmente gauchos, conformando un ejército de unos cuatro mil guerrilleros. A pesar de contar con un importante apoyo popular, Varela y sus hombres fueron derrotados por las fuerzas nacionales. La guerra concluiría en una total derrota para el Paraguay y las tropas nacionales no tardarán en sofocar la montonera del Interior. Varela se refugió en Bolivia y más tarde en Chile, donde murió enfermo de tisis el 4 de junio de 1870. Reproducimos en esta oportunidad el manifiesto que lanzó Felipe Varela en enero de 1868 explicando los motivos que lo llevaron a apoyar la Unión Americana, denunciando las pretensiones anexionistas de Mitre respecto a países hermanos, el monopolio y la absorción de las rentas nacionales por Buenos Aires, y dando cuenta de las razones que lo impulsaron a apoyar al Paraguay en la guerra, sublevándose contra el gobierno central. |
| Fuente: Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, Felipe Varela contra el Imperio Británico, Buenos Aires, Shapire Editor, 1975. |
¡Viva la Unión Americana! Manifiesto a
los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos de la
República Argentina en los años 1866 y 1867
Potosí, enero de 1868.
El desarrollo de los sucesos políticos de la República
Argentina, en los años de 1866 y 67, ha sido objeto de la atención de
los demás pueblos americanos, como que ellos envolvían una alta
significación para los grandes destinos de la América Unida. (…)
Hay un gran principio social innegable que dice: LA UNIÓN
ES LA FUERZA… (…) El Gobierno de Buenos Aires, sin embargo, por miras
que se pondrán luego de relieve, negó solapadamente la justicia de esta
grande idea, negándose también a tomar parte en la Unión que se
consolidaba por medio de un Congreso Americano en Lima, so pretexto de
ser inconveniente a los intereses argentinos, comprometidos en una
alianza con la corona brasilera. (…)
Ese primer paso de la política de Mitre dio su fruto
deseado: la anexión, que no tardará mucho, del Uruguay al Imperio, pues
desde entonces le pertenece, y la guerra con el Paraguay, que envuelve
por parte de Mitre aspiraciones más crecidas pero aún más criminales.
En efecto, la guerra con el Paraguay era un acontecimiento
ya calculado, premeditado por el general Mitre. Cuando los ejércitos
imperiales atraídos por él, sin causa alguna justificable, sin pretexto
alguno razonable, fueron a dominar la débil República del Uruguay,
aliándose con el poder rebelde de Flores en guerra civil abierta con el
poder de aquella República, comprendió el gobierno del Paraguay que la
independencia uruguaya peligraba de un modo serio, que el derecho del
más fuerte era la causa de su muerte, y que por consiguiente las
garantías de su propia libertad quedaban a merced del capricho de una
potencia más poderosa.
Pesaron estas razones en la conciencia del general
presidente López de la República paraguaya, y buscando una garantía
sólida a la conservación de sus propias instituciones, desenvainó su
espada para defender al Uruguay de la dominación brasilera a que Mitre
lo había entregado.
Fue entonces que aquel gobierno se dirigió al argentino
solicitando el paso inocente de sus ejércitos por Misiones, para llevar
la guerra que formalmente había declarado el Brasil.
Este paso del presidente López era una gota de rocío
derramada sobre el corazón ambicioso de Mitre, porque le enseñaba en
perspectiva el camino más corto para hallar una máscara de legalidad con
qué disfrazarse, y poder llevar pomposamente una guerra nacional al
Paraguay, guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de
dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana, cuya
base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada
República.
El general Mitre, invocando los principios de la más
estricta neutralidad, negaba de todo punto al Presidente del Paraguay
su solicitud, mientras con la otra mano firmaba el permiso para que el
Brasil hiciera su cuartel general en la Provincia Argentina de
Corrientes, para llevar el ataque desde allí a las huestes paraguayas.
Esta política injustificable fue conocida ante el
parlamento de Londres, por una correspondencia leída en él del ministro
inglés en Buenos Aires, a quien Mitre había confiado los secretos de
sus grandes crímenes políticos.
Textualmente dice el ministro inglés citado: "Tanto el Presidente Mitre como el Ministro Elizalde, me han declarado varias veces, que aunque por ahora no pensaban en anexar el Paraguay a la República Argentina, no querían contraer sobre esto compromiso alguno con el Brasil, pues cualesquiera que sean al presente sus vistas, las circunstancias podrían cambiarlas en otro sentido" 1.
He aquí cuatro palabras que envuelven en un todo la verdad
innegable de que la guerra contra el Paraguay jamás ha sido guerra
nacional, desde que, como se ve, no es una mera reparación lo que se
busca en ella, sino que, lejos de eso, los destinos de esa desgraciada
República están amenazados de ser juguete de las cavilosidades de Mitre.
Esta verdad se confirma con estas otras palabras del
mismo Ministro inglés citado: "El Ministro Elizalde me ha dicho que
espera vivir lo bastante para ver a Bolivia, el Paraguay y la República
Argentina, unidos formando una poderosa República en el continente".
(...)
Las provincias argentinas, empero, no han participado
jamás de estos sentimientos, por el contrario, esos pueblos han
contemplado gimiendo la deserción de un presidente impuesto por las
bayonetas, sobre la sangre argentina, de los grandes principios de la
Unión Americana, en los que han mirado siempre la salvaguardia de sus
derechos y de su libertad, arrebatada en nombre de la justicia y la
ley.
En el párrafo sexto (de la proclama) hago presente a los
argentinos, el monopolio y la absorción de las rentas nacionales por
Buenos Aires.
En efecto: la Nación Argentina goza de una renta de diez
millones de duros, que producen las provincias con el sudor de su
frente. Y sin embargo, desde la época en que el gobierno libre se
organizó en el país, Buenos Aires, a título de Capital es la provincia
única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en
los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacía imposible el buen
quicio de las administraciones provinciales, por falta de recursos y
por la pequeñez de sus entradas municipales para subvenir los gastos
indispensables de su gobierno local.
A la vez, que los pueblos gemían en esta miseria sin poder
dar un paso por la vía del progreso, a causa de su propia escasez la
orgullosa Buenos Aires botaba ingentes sumas en embellecer sus paseos
públicos, en construir teatros, en erigir estatuas y en elementos de
puro lujo.
De modo que las provincias eran desgraciados países
sirvientes, pueblos tributarios de Buenos Aires, que perdían la
nacionalidad de sus derechos, cuando se trataba del tesoro Nacional.
En esta verdad está el origen de la guerra de cincuenta
años en que las provincias han estado en lucha abierta con Buenos
Aires, dando por resultado esta contienda, la preponderancia despótica
del porteño sobre el provinciano, hasta el punto de tratarlo como a un
ser de escala inferior y de más limitados derechos.
Buenos Aires es la metrópoli de la República Argentina,
como España lo fue de la América. Ser partidario de Buenos Aires, es
ser ciudadano amante a su patria, pero ser amigo de la libertad, de las
provincias y de que entren en el goce de sus derechos ¡oh! ¡eso es ser
traidor a la patria, y es por consiguiente un delito que pone a los
ciudadanos fuera de la ley!
He ahí, pues, los tiempos del coloniaje existente en
miniatura, en la República, y la guerra de 1810 reproducida en 1866 y
67, entre el pueblo de Buenos Aires (España) y las provincias del Plata
(colonias americanas).
Sin embargo, esa guerra eterna dio a fines de 1859 por
resultado la victoria de los pueblos argentinos sobre el poder
dominante de la Capital. Sus diez millones de renta estaban, por
consiguiente recobrados, pero como no era posible despojar a Buenos
Aires de un solo golpe de tan ingente cantidad, arreglada a la cual
había creado sus necesidades, pues eso hubiera sido sepultarla en una
ruina completa, tuvieron todavía la generosidad los provincianos, de
celebrar un pacto, por el cual concedían a Buenos Aires el goce por
cinco años más de las entradas locales para llenar su pomposo
presupuesto.
Fue entonces que los porteños invocaron la hidalguía del
que hoy llaman bárbaro, del presidente actual del Paraguay Mariscal Don
Francisco Solano López, para que con su respetabilidad y talento
interviniese en el pacto que celebraban las provincias argentinas con
Buenos Aires vencida.
El Mariscal López accedió generoso, garantiendo el cumplimiento del tratado por ambas partes con su propio poder.
En noviembre de 1865 debían expirar estos tratados, y
entrar las provincias en el goce de lo que verdaderamente les
pertenece, las entradas nacionales de diez millones que ellas producen.
Cuando el sesenta y cuatro aun no llegaba, cuando Mitre
aun no asaltaba la presidencia de la Nación, por un órgano público de
Buenos Aires decía el futuro caudillo, sobre el pacto con el Paraguay:
"Esos tratados serán despedazados y sus fragmentos arrojados al
viento".
Por fin el General Mitre revolucionó a la provincia de
Buenos Aires contra las demás provincias argentinas, cuyos dos poderes
se batieron en Pavón.
La suerte estuvo del lado de aquel porteño malvado que se
sentó Presidente sobre un trono de sangre, de cadáveres y de lágrimas
argentinas.
Entre tanto los tratados garantidos por el Paraguay vivían, y llegado el término podía esta nación exigir su cumplimiento.
He aquí otra de las causas fundamentales de la guerra
llevada por Mitre a la República del Paraguay, desarmando así a las
provincias del poder aliado que garantía su felicidad, contra la
infamia de un usurpador.
Después de este golpe maestro, el general Mitre desfiguró la carta democrática dada por las provincias vencedoras en Caseros, y la desfiguró a su antojo, después de haber jurado con lágrimas en los ojos respetarla, explotando así la generosidad de los pueblos, que entonces pudieron plantar la bandera de la humillación y del dominio en la misma plaza de Buenos Aires.
Esa reforma dio por fruto el regalo eterno de las rentas
nacionales a la ciudad bonaerense, el despojo para siempre de la
propiedad de los pobres provincianos, y aun algo más, el empeño de las
desgraciadas provincias en más de cien millones, para sostener una
guerra contra sus intereses, contra su aliado, contra el poder
combatido por tener el crimen de haber garantido la paz argentina y la
felicidad de todos los pueblos, en noviembre de 1859.
Es por estas incontestables razones que los argentinos de
corazón, y sobre todo los que no somos hijos de la Capital, hemos
estado siempre del lado del Paraguay en la guerra que, por debilitarnos,
por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado a Mitre a fuerza de
intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la Nación entera, a
excepción de la egoísta Buenos Aires.
Es por esto mismo que es uno de nuestros propósitos
manifestado en la invitación citada, la paz y la amistad con el
Paraguay. (...)
|
domingo, 12 de febrero de 2012
Cartas de enamorados
María Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno | ||||||
| En el día de los enamorados, una celebración de origen anglosajón que con el tiempo se fue imponiendo en estas regiones, recordamos algunas cartas de amor que hicieron historia. Empezamos con las famosas cartas –aquellas que nunca llegaron a destino- que María Guadalupe Cuenca enviara a su amado Mariano Moreno. Se habían conocido en Chuquisaca donde él estudiaba la carrera de Leyes y se casaron en 1804 tras un breve noviazgo. Menos de un año más tarde nacía Marianito, el único hijo que tuvieron, y pronto la familia se instalaría a Buenos Aires. La invasión napoleónica a España y un resentimiento hacia los españoles que había surgido entre los criollos a finales del siglo XVIII al calor de las reformas borbónicas, agitaron las aguas en el Río de la Plata. Pronto los criollos comenzaron a imaginar nuevas formas de gobierno. La caída de la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español, precipitó los acontecimientos y Mariano Moreno no tardó en convertirse en primerísima figura, al ser designado secretario de la Primera Junta de Gobierno tras los acontecimientos del 25 de mayo de 1810. Así, Moreno se convertía en el alma mater del nuevo gobierno, lo que le trajo no pocos enemigos. Pronto se produciría una profunda división al interior de las filas patriotas, que se cristalizó en el enfrentamiento entre saavedristas (el grupo más moderado) y morenistas (el grupo más radical). En diciembre de 1810, la pulseada se inclinó a favor de los saavedristas, y los partidarios de Moreno fueron desplazados uno por uno. El propio Moreno fue enviado en misión diplomática a Gran Bretaña. Partió el 24 de enero de 1811, pero nunca llegaría a destino. Murió en altamar el 4 de marzo siguiente. Mientras tanto en Buenos Aires, María Guadalupe siguió durante meses enviando cartas de amor y desesperación que Moreno nunca recibió. A continuación transcribimos fragmentos de algunas de ellas: | ||||||
| Fuente: Enrique Williams Álzaga, Cartas que nunca llegaron. María Guadalupe Cuenca y la muerte de Mariano Moreno, Buenos Aires, Emecé Editores, 1967, págs. 70-71 y 80. | ||||||
| Carta de María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno del 20 de abril de 1811 | ||||||
| “Mi amado Moreno de mi corazón: me alegraré que lo pases bien en compañía de Manuel. Nosotras quedamos buenas y nuestro Marianito un poco mejorado, gracias a Dios. Te escribí con fecha de 10 o 11 de éste, pero con todo vuelvo a escribirte porque no tengo día más bien empleado que el día que paso escribiéndote y quisiera tener talento y expresiones para poderte decir cuánto siente mi corazón, ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta vivir sin vos, todo lo que hago me parece mal hecho, hasta ahora mis pocas salidas se reducen a lo de tu madre; no he pagado visita ninguna, las gentes, la casa, todo me parece triste, no tengo gusto para nada. Van a hacer tres meses de que te fuiste pero ya me parecen tres años; estas cosas que acaban de suceder con los vocales, me es un puñal en el corazón, porque veo que cada día se asegura más Saavedra en el mando, y tu partido se tira a cortar de raíz, pero te queda el de Dios, pues obrando por la razón y con la virtud no puede desampararnos Dios; no ceso de encomendarte para que te conserve en su Gracia y nos vuelva a unir cuanto antes porque ya vos me conoces que no soy gente sino estando a tu lado; sólo Dios sabe la impresión y pesadumbre tan grande que me ha causado tu separación porque aun cuando me prevenías que pudiera ofrecérsete algún viaje, me parecía que nunca había de llegar este caso; al principio me pareció sueño y ahora me parece la misma muerte y la hubiera sufrido gustosa con tal de que no te vayas. (…)” | ||||||
| Carta de María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno del 21 de junio de 1811 | ||||||
| “Mi querido Moreno de mi corazón: me alegraré que ésta te halle con perfecta salud como mi amor lo desea. Nosotras quedamos buenas, a Dios gracias, pero con la pesadumbre de no saber de vos en cinco meses que se cumplen mañana. Ya te puedes hacer cargo cómo estaré sin saber de vos en tantos meses que cada uno me parece un año, cada día te extraño más. Todas las noches sueño con vos, ah, mi querido Moreno. Cuántas veces sueño que te tengo abrazado pero luego me despierto y me hallo sola en mi triste cama, la riego con mis lágrimas, de verme sola, y que no sólo no te tengo a mi lado sino que no sé si te volveré a ver, y quién sabe si mientras esta ausencia no nos moriremos alguno de los dos, pero en caso de que llegue la hora sea a mí Dios mío, y no a mi Moreno, pero Dios no lo permita que muramos sin volvernos a ver. (…) María Guadalupe Moreno.” | ||||||
| Margarita Weild y José María Paz | ||||||
| Un amor que creció en la más completa adversidad fue el de José María Paz y la hija de su hermana menor, Margarita Weild. Paz le llevaba unos 23 años a su sobrina. La prisión, en la que cayó el líder unitario luego de que su caballo fuera boleado por una partida federal en 1831, no impidió que el amor se desarrollara, alentado por Tuburcia Haedo, madre de Paz y abuela de Margarita. Abuela y nieta lograron después de casi tres años de golpear puertas visitar a Paz en la cárcel de Santa Fe. No era precisamente un sitio alentador para el romance. Desde la celda que ocupaba Paz se escuchaban los gritos provenientes de las torturas que se realizaban un piso más abajo. Pero el amor se impuso y a fines de marzo de 1835, se casaron en el calabozo de la prisión. Margarita compartiría aquella celda con su flamante marido. Pero pocos meses después, Paz fue trasladado a Luján y hacia allí lo siguió Margarita para instalarse otra vez en la cárcel junto a su marido. Ahí, tras las rejas, nacerían tres de sus hijos –aunque una de ellas moriría a poco de nacer-, y vivirían hasta abril de 1939, cuando Paz fue dejado en libertad, aunque teniendo por prisión la ciudad de Buenos Aires. Sabemos que Margarita había puesto una condición antes de aceptar el casamiento: que Paz abandonara las luchas políticas. Sabemos también que el jefe unitario nunca cumplió su promesa. Así lo recordaba el general muchos años después: “Es éste el único punto en que durante su vida me manifestó una tenaz oposición, y tanto más fundada cuanto que al aceptar mi proposición de matrimonio, algunos años antes, me había exigido la promesa de renunciar a una carrera que había envuelto en desgracias a toda la familia”. En 1840 Paz decidió fugarse de Buenos Aires para emprender la lucha contra el gobierno de Rosas. La fuerte oposición de su mujer no logró disuadirlo, y comenzaría para la pareja una vida de viajes, separaciones y penurias. “Mucho tuve que luchar para vencer la resistencia de mi esposa, si puede llamarse vencimiento a una forzada conformidad (…) Todo lo desoí por correr nuevos peligros y hacer algunos más ingratos”, recordaba Paz tiempo después. Sin embargo, Margarita lo acompañó hasta el final de sus días, siempre en contra de las decisiones de su marido. Murió en 1848 en la pobreza en Río de Janeiro, adonde había seguido a su marido en su exilio, trece días después de dar a luz a su último hijo. Así escribía José María Paz a su mujer varios años antes manifestándole su eterno amor y pidiéndole que realizara los mayores sacrificios: | ||||||
| Carta de José María a Margarita del 20 de agosto de 1840 | ||||||
| Fuente: José María Paz, Memorias póstumas, Tomo I, Buenos Aires, Editorial Hyspamerican, 1988. | ||||||
| “Tu llanto penetra mi corazón, no te separas un momento de mi memoria. Tu inquietud es el mayor de mis pesares. Te he dicho y repito que vivo para vos y no te olvido un momento. Te tengo sobre mi corazón. Me parecen siglos los dos meses que estoy ausente. Más que nunca me sois querida. Háblame, pues, derrama sobre mi corazón el consuelo y la alegría. Cuenta con mi eterno amor.” | ||||||
| Carta de José María Paz a Margarita del 6 de octubre de 1844 | ||||||
| Fuente: Lucía Gálvez, Historias de amor de la historia argentina, Buenos Aires, Punto de Lectura, 2007, pág. 187. | ||||||
| “Considero lo penoso que es mover la familia, considero las incomodidades del viaje, considero en fin, las que ya han sufrido, y mi corazón se acongoja al ver la necesidad en que me veo de exigirles nuevos sacrificios. Mi amargura es todavía más viva cuando pienso que no podemos saber aún cuándo podremos hallarnos en nuestra patria. Si la vida es un viaje que hacemos los pobres humanos sobre esta tierra de lágrimas, nadie con más piedad que nosotros lo puede decir y probar. Desde que uní tu suerte a la mía, no podemos decir que hemos gozando un día de reposo. En nuestro país todos han sido trabajos; y en el extranjero, intranquilidad y la más cruel incertidumbre. (…) Espero confiadamente que no quedará sin premio esa virtuosa resolución y que veré algún día mi familia rodeándome en el seno de la quietud y de la dicha.” |
Tomado de aquí.
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